Mi casa

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Nunca me he caracterizado por ser gregario. No sé por qué, quizá -entiendo- por alguna imitación al carácter esencialmente libre de mi padre que, en ese aspecto, también creo que ha heredado mi hermano y que, a su vez, habría venido a reforzar mi propia emulación.

Soy afortunado, pues tengo amigos (no muchos, pues no creo que esa condición pueda predicarse de mucha gente, so pena de arriesgarse a confundirlos con simples “conocidos” y afines) y, además, sus respectivos orígenes están dispersos por las diferentes etapas de mi vida: colegio, universidad, sucesivos trabajos, … Pero, lo son uno por uno, y no en una condición grupal. Tan es así, que a veces he intentado resistirme a aplicar como un automatismo esa máxima de “los amigos de mis amigos son mis amigos”. Resumiendo: que tengo amigos individualmente considerados, huyendo de los escenarios potencialmente tribales.

Quizá por ello siempre he recelado de esa tipología de instituciones que se significan esencialmente por su carácter gremial. Procuraré no ser agrio, pero -por poner un caso- nunca me ha agradado la obligatoriedad, la imposición de la colegiación para ejercer como abogado (como es mi caso; o médico, o arquitecto, … según a quien le toque). Y, en este punto, se me suscita una duda ¿mi falta de empatía con la institución colegial responde a su naturaleza intrínseca o a que no percibo que me aporte nada? Obviamente a lo segundo; y tan es así que hay Colegios (aquí, con mayúscula) en los que siempre he visto un esfuerzo -y un gran resultado- en la búsqueda del valor añadido, aliento al profesional, apoyo deontológico, defensa real (y no una mera pose) de los intereses profesionales (sin, tampoco, caer en un mal entendido corporativismo). ¿Ejemplos de ello? Pues, sin ir más lejos, los Colegios de Economistas de La Coruña y Pontevedra -tanto monta, monta tanto-en los que siempre me he sentido bienquerido y que, además, entiendo que se procuran con méritos propios una muy digna existencia y no sólo -como tantos otros- una mera subsistencia pasiva. Desde aquí todo mi reconocimiento a ellos, a sus colegiados y -sobre todo- a sus directivos, por su buen hacer.

Llegados a este punto he de decir que siempre me he sentido muy incomprendido por los Colegios de Abogados donde -supongo- a los letrados que nos ha dado por lo “fiscal” se nos debe de contemplar como presuntas ovejas descarriadas, sospechosos todos de haber tenido algún desengaño intelectual que nos llevó a abandonar una pretendida ortodoxia jurídica… Olvidan, muchos, que el sacerdocio tributario -aún dentro de su especialidad- demanda un conocimiento multidisciplinar que quizá no se dé en otras ramas jurídicas: civil, mercantil, procesal, administrativo, …, todo ello confluye en el peculiar -y hoy ya casi “friki”- universo impositivo. Quizá sea nuestra querencia a los números e incluso a los ¡balances! -anatema para todo abogado clásico que llega a jactarse “orgullosamente” de no entenderlos- la que provoca nuestra expulsión de ese particular olimpo legal. Es por ello por lo que nunca he sentido a los Colegios de Abogados como mi “casa”: estoy colegiado, y -obviamente- pago con puntualidad mis cuotas; pero no me verán allí haciendo vida social. Lejos de ser “mi salsa”, me siento un extraño. Todo lo contrario de lo que antes les relataba del confort que siento entre economistas…, pero ¡claro!, no soy licenciado en Económicas y, por tanto, ellos -ni aun queriendo, si fuera el caso- no pueden adoptarme.

Es más, ahora que lo recuerdo: hace unos lustros le propuse a la Junta Directiva de un Colegio de Abogados -se dice el pecado pero no el pecador- impulsar el área tributaria (quizá buscando esa cercana calidez que nunca he apreciado entre ellos), creando una Sección que divulgara aspectos impositivos de interés general para todos los colegiados, con independencia de la especialidad en la que ejercieran. Su reacción fue tan surrealista que parecía propia de una película de Buñuel: “es muy interesante, pero quien protagonice esa loable iniciativa, tendrá más visibilidad que el resto de colegas, y eso generará tensiones”. Moraleja: es mejor mantenerse en la secular inacción que hacer algo, pues quien hiciera ese “algo” podría llegar a “despuntar”. Eso tiene un claro nombre: igualar por abajo. En fin, ¡qué país! Obviamente, como siempre, es del todo injusto generalizar, pero lo que aquí les relato es tan real como la vida misma donde, como en botica, de todo hay…

Como les iba contando, pese al cálido cariño que se me dispensaba -y dispensa- desde Colegios ajenos (singularmente los de Economistas, ya antes mencionados), era obvio que no acababa de encontrar mi sitio… Profesionalmente me sentía tan sólo como incomprendido, precisamente en una profesión -la de asesor fiscal- tan necesitada de practicar periódicas “terapias de grupo” en las que uno pueda sentir que, pese a la soledad del despacho (como la del corredor de fondo), esas patologías que nos agobian, lejos de ser exclusivas nuestras, son un mal colectivo y que, como tales, deben paliarse.

Y en ésas estaba cuando, hace ya algo más de una década, me encontré -casi de bruces, habré de decir- con la Asociación Española de Asesores Fiscales (AEDAF): una institución bajo cuyo paraguas se cobijan -y dan calor- cuantos profesionales tengan en el asesoramiento tributario su ADN, y ello -y esto es importante- con independencia de que su formación académica sea jurídica, económica, empresarial o “mediopensionista” (si se me permite la expresión).

Lo primero que me atrajo -sin desmerecer a instituciones análogas- de la AEDAF fue su solvencia, y es que sus opiniones -bajo múltiples formatos-, las más de las veces críticas con el objeto de análisis (lo que también evidencia su valentía en un país, precisamente, donde la sociedad “civil” ni está ni se la espera), rezuman una solidez técnica indudable. La razón de ello debe buscarse tanto en su seriedad y buenas maneras, como en el elevado nivel “científico” de sus asociados que velan por preservar su buen hacer, de generación en generación. Amén de todo ello -que no es poco-, es obligado significar que en la AEDAF he conocido a profesionales “como la copa de un pino”, que ponen la amistad y generosidad por delante de cualquier otro interés. Aún desde la inevitable distancia física -es lo que tiene vivir en el “finisterrae”-, algunos de ellos, hoy, son de mis mejores amigos.

Cuando me incorporé a la Asociación yo aún militaba en uno de los “despachos grandes” (que no necesariamente todos ellos son acreedores de ser considerados “grandes despachos”). La sensación de que mi alta asociativa fue un acierto me la corroboró -poco tiempo después- la honda extrañeza que percibí entre mis colegas del despacho de Madrid al observar que un “provinciano” -llegado, además, desde más allá del “telón de grelos”- manejaba información “sensible” que allí parecían considerar un coto privado de los que pacen en la Villa y Corte…

Algunos años después, tuve el privilegio de incorporarme al Consejo Asesor Institucional de la AEDAF, su “foro de discusión y debate sobre cuestiones relevantes de nuestro sistema tributario (sic), con la finalidad de participar en la creación y elaboración de una posición institucional, en relación a materias técnico-cientificas de interés general, para su difusión y proyección exterior”. Lo hice a petición del, entonces, Presidente Juan Carlos López-Hermoso, y ahí seguí de la mano de Antonio Durán Sindreu y Eduardo Luque Delgado (a todos ellos, todo mi afectuoso y sincero agradecimiento por su confianza), donde durante años tuve el privilegio de compartir mesa (y, alguna vez, incluso mantel) con genuinas figuras de nuestro singular universo tributario… Todo un sueño hecho realidad; ¡un lujo!

Y ha sido ahora, tras más de una década en la AEDAF (“mi casa”), cuando el actual Presidente, José Ignacio Alemany, me ofreció formar parte de la Comisión Directiva, asumiendo la Vocalía responsable de Estudios e Investigación.

Debo aclarar un malentendido: Alemany me ha trasladado su agradecimiento por haber accedido a su invitación, pero es obvio que está equivocado. Es al revés, soy yo (tengo que serlo) el eternamente agradecido a la AEDAF por todo lo que me ha dado, por esas reiteradas oportunidades de disfrutar de experiencias profesionales que sólo pasan una vez en la vida… Entonces, ¿cómo iba a negarme a este nuevo reto que, amén de su responsabilidad, es todo un privilegio?

¡Entren! Están en casa, en la suya, en la nuestra.

Acerca de Javier Gómez Taboada

Licenciado en Derecho por la Universidad de Salamanca. Máster en Asesoría Fiscal por el Instituto de Empresa, desarrolló su carrera profesional en J&B Cremades, Coopers&Lybrand y EY Abogados donde fue su Director en Galicia. Miembro de la Asociación Española de Asesores Fiscales (AEDAF), es profesor de los Máster en Asesoría Jurídica (Universidad La Coruña), en Asesoría Jurídica de Empresa (IFFE), en Fiscalidad y Tributación (Colegio de Economistas de La Coruña) y en Tributación y Asesoría Fiscal (Escuela de Finanzas). Es colaborador habitual en publicaciones tributarias especializadas. Socio del Área Tributaria de MAIO.

6 pensamientos en “Mi casa

  1. Ivan Rebollo

    Comparto contigo estas reflexiones; mis críticas hacia el Colegio de abogados acostumbran a ir acompañadas de referencias a lo que se puede hacer, poniendo como ejempo a la AEDAF.

    Pero lo que se hace en la AEDAF es posible porque quien está en ella es porque quiere. En el momento que el 99% de sus miembros lo fueran por imposición legal, dudo que funcionara de la misma forma, quizás porque ya no tendría necesidad de ello.

    Como anécdota, en época de elecciones del ICAB, cada vez que me llama un candidato (son las únicas llamadas que recibo relacionadas con esa institución nunca) siempre prometo mi voto a aquella candidatura que incluya en el programa promover un cambio normativo que haga la colegiación voluntaria.

    Hasta le fecha, desafortunadamente, aun no he votado nunca.

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    1. Javier Gómez Taboada

      Totalmente de acuerdo, Iván. La voluntariedad es el motor que nos mueve. Lo obligatorio, sin embargo, no motiva.

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  2. Jacinto Ruiz Quintanilla

    Vaya Javier, un amplio, interesante y ameno relato, tanto por estilo de redacción como por su contenido, y enhorabuena por el nuevo cargo, o como quieras denominarlo, que sobre todo significa que la Institución, tiene una gran confianza en esa gran persona y profesional que eres.

    Con respecto a tu artículo, solo incluiría un inciso, reflejado en mayúscula, a una de tus frases, que transcribo:

    Olvidan, muchos, que el sacerdocio tributario -aún dentro de su especialidad- demanda un conocimiento multidisciplinar que quizá no se dé en otras ramas jurídicas: civil, mercantil, procesal, administrativo, CONTABILIDAD…, todo ello confluye en el peculiar -y hoy ya casi “friki”- universo impositivo

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    1. Javier Gómez Taboada

      Muchas gracias, Jacinto. Todo un placer ver que estás en la brecha y, además, reivindicando -como tan bien siempre has hecho- la perspectiva contable de la fiscalidad.

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  3. José Luis del Ojo Carrera

    Javier, comparto punto por punto lo que manifiestas, en la Aedaf me he sentido siempre “en casa”, con infinitos “oráculos de Delfos” de compañeros a los que acudir telefónicamente para resolver dudas. Espero que disfrutes y te enriquezcas humana y profesionalmente en tu nueva tarea. Saludos

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    1. Javier Gómez Taboada

      Muchas gracias, José Luis. Eso mismo espero yo, amén de poder aportar algo (por poco que sea). Un afectuoso saludo.

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