Un Page en el ojo propio…de la UNED

Desgraciadamente, este año mi artículo veraniego ni se elabora en ningún lugar de asueto ni es una jácara de contenido tributario. Es un dardo, eso sí, y prometo que su lectura será entretenida.

Desde jovencito he sido un amante de la lengua y, más concretamente, de una que hablan 500 millones de personas y sobre la que pesa una maldición acerca de si debemos llamarla español o castellano.

Esa querencia, unida a cierta compulsión en la lectura de clásicos, me llevaron a matricularme, hace unos años y con otros estudios de por medio, en la carrera de Lengua y Literatura españolas que se imparte en la UNED. Con pesadumbre he de decir que, en mi tierra, el castellano es visto erróneamente como algo extraño, y sólo la UB -y me temo que con desafecto- tiene entre sus títulos tal grado.

Me tomo cada asignatura como si no hubiera otra. Intento hacer lo que no pude cuando estudié Derecho: deleitarme, al aristotélico modo, en el aprendizaje, por pesado o poco interesante que sea el contenido. Luego, los exámenes van como van, porque ciertamente mi capacidad de aprehender no es la que era y tampoco es que las fechas del calendario académico me resulten muy adecuadas, pues coinciden con períodos cumbre en el trabajo y en mi propia docencia.

Este año he sido consciente, viviéndolo en las propias carnes, de los problemas que puede plantear la existencia de un garbanzo negro en un claustro universitario. Me matriculé de la asignatura de Morfología que imparte el profesor Mario García- Page, hermano de un político que todos reconocerán. No discuto los méritos académicos que pueda tener el caballero, por mucho que hoy en día se discuta casi todo del mundo de la universidad, del que ciertamente habría que revisar la tan cacareada autonomía universitaria que ha dado en crear tantos monstruos que hoy salen en los telediarios, y otros que están por salir.

Ahora bien, sí pongo en tela de juicio que puedan deambular por los claustros personas que además de tener índices de aprobados tradicionalmente por debajo del 20 por ciento, traten al alumnado como animales de carga, de forma vejatoria, como ocurre con tal catedrático.

Normalmente, la calificación de un alumno no únicamente le evalúa a él, sino también al propio profesor. Las notas, en el fondo, son un espejo de la labor docente, de modo que si la media de aprobados es exageradamente baja, el que tendría que replantearse el método de aprendizaje es el profesor -¡y la universidad su nómina!- y no el alumnado.

Cuando me enfrenté a la calificación que me otorgó el citado profesor, acompañada de unos correos en los que decía que no sé “emplear la comilla reglamentaria, ni escribir la cifra de los numerales ordinales”, que mi análisis fue “desastroso”, que no me ponía un cero “como gesto de generosidad” y que había cometido un error de expresión que era “una joya”, la proa de mi pensamiento viró hacia la institución, más que al propio académico.

En ese momento fui consciente de que existe un gran número de alumnos, varios de ellos con otras carreras, miembros de cuerpos funcionariales, gente culta y estudiosa, que llevaba años clamando en el desierto por esta misma cuestión y que la UNED no les había otorgado ningún amparo. Hablo de personas que llevan varios años con esta asignatura, que sinceramente tampoco debería tener una dificultad extrema, pendiente para poder acabar la carrera.

Al detectar la situación de injusticia, insté todas las revisiones de examen posible, comenzando en paralelo un procedimiento de queja por el trato recibido por el docente.

La resolución del caso es el paradigma de las injusticias a las que lleva esa autonomía universitaria. Por un lado, el departamento no quiso saber nada de criticar la forma de evaluar del profesor. Por otro, el Rector rehuyó entrar en la cuestión alegando la tan manida discrecionalidad técnica de los profesores y, por último, la única contestación a mis lamentos han sido un par de llamadas telefónicas -no vaya a ser que se deje alguna huella escrita que nos pueda perjudicar- de un profesor que, por lo que me dijo, lleva años abochornado por la actitud del señor Gª -Page, intentando apartarlo a una asignatura que no sea obligatoria para reducir así el número de afectados por sus desmanes.

¿Y acudir a la vía contenciosa? No debería ser difícil, pues el manual de la asignatura -única labor de los docentes en la UNED, gratificantemente remunerada- es un bodrio ilegible de casos prácticos, sin más teoría que un muestrario de conceptos, en el que el profesor se adorna poniendo verdes a otros académicos como si eso pudiera ser el fondo de una asignatura de grado. Pues, con la jurisprudencia vigente, es poco menos que un suicidio, porque como ocurre con los médicos, ¿quién encuentra a un “compañero” en su materia, de otra universidad, que quiera alegar en su contra?

En fin, lo que me ha reconciliado con la carrera ha sido encontrarme casi en unidad de acto con otro profesor -de Historia de la Lengua- que, en los antípodas del personaje mencionado, a pesar de una grave enfermedad ha sido capaz, tozudamente, de corregir los exámenes de su asignatura antes de su inminente jubilación.

La calidad humana no siempre va acompañada de la calidad intelectual, pero hay otra regla que nunca falla: la exquisitez en el trato, la deferencia con los alumnos, la implicación en la asignatura que uno imparte, la autoexigencia, siempre -repito, SIEMPRE- acompañan a las buenas personas.

Gracias profesor Abad. Sin saberlo usted, me ha hecho mejor persona.

Publicado el 10 de agosto en elEconomista -Iuris & Lex-

 

5 pensamientos en “Un Page en el ojo propio…de la UNED

  1. ALEJANDRO MIGUELEZ

    La calidad de un profesor se mide también por el éxito de sus alumnos. Me parece lamentable que nuestra Universidad no quiera ver lo evidente y no ponga remedio a esto. Ser profesor universitario no es ser una suerte de Virrey o delegado divino.

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  2. Pere Pere

    Je, je, je. No me extraña que te suspendiera… Ese “ni se elabora en ningún…” con el que inicias el comentario apunta maneras. Lo correcto hubiese sido decir “no se elabora en ningún…” o “ni se elabora en un…”. Pero bueno, seguro que el profe también se cree mejor que los demás. La mayoría nos lo creemos y no dejamos de hacerlo aunque nos lo pongan de manifiesto de forma evidente…

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  3. Pere Pere

    No, no lo has entendido, así que es verdad que el profe debe ser malo, requetemalo.

    “Ni” es negación y “ninguno” tambien lo es. Lo correcto es negar una vez y no dos, salvo en los casos permitidos. Por tanto, si en tu post quieres mantener el “ningúno” lo correcto seria haber dicho “NO se elabora en ningún…”. Y si quieres mantener el “ni” lo correcto sería decir “ni se elabora en UN/ALGÚN”. Pero mantener a la vez NI y NINGUNO no es correcto. Sobre la doble negación y la inviabilidad de la tuya: http://www.rae.es/consultas/doble-negacion-no-vino-nadie-no-hice-nada-no-tengo-ninguna

    En los clásicos por cuya lectura te sientes compelido (¿de verdad compelido?: http://dle.rae.es/?id=A0FWz6W) nunca leeras construcciones así.

    Por lo demás, totalmente de acuerdo con el contenido de tu post.

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    1. Esaú Alarcón García Autor

      http://dle.rae.es/?id=A4Uitzx
      Primera acepción. Y respecto a la doble negación, quizás La Galatea, la 2a parte del Quijote o el Retablo de las Maravillas no sean buenos ejemplos, pues incluyen estructuras semejantes. También Quevedo et alii. Y no me duelen los errores, ciertamente. Y ya dejo de contestar a alguien que se oculta en la red.

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