Teoría del caos normativo

Hace unos días cayó sobre mi pantalla un estupendo post del Profesor Villar Ezcurra, que lleva por significativo título “El alarmante crecimiento de la entropía jurídica: hacia la ausencia total de certidumbre” en el que hacía referencia a la excesiva e imprecisa producción normativa.

Ante el cruel abandono de las musas, me ha parecido oportuno recuperar, al menos parcialmente, unas notas que escribí hace tiempo sobre este mismo particular, inspirado en la idea de que la disciplina a la que se suelen dedicar la mayoría de las contribuciones de este blog es la más volátil e inestable de las que pueblan el ordenamiento, por su relación de subordinación a intereses políticos y económicos.

En aquellas líneas hice referencia a un trabajo de los Profesores del Instituto de Empresa, Francisco Marcos y Juan Santaló, en el que pusieron de relieve, entre otros detalles, que el crecimiento del 100 por 100 de la normativa lleva aparejado una caída de las patentes del 80 por 100 y otra de la productividad de un 3,5 por 100. Tremendos datos que recuerdan a Descartes: La multitud de leyes frecuentemente presta excusas a los vicios.

A esta legislación motorizada (Schmitt) e incontinente (Ortega) se añade el asombroso descuido con el que trabajan los centros públicos encargados de fabricar esa lluvia incesante de preceptos dirigidos al incauto ciudadano, que se topa de bruces con el artículo 6.1 del Código Civil: “La ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento”.

A sabiendas de que este modesto principio (como lo ha calificado el Profesor Liborio L. Hierro) responde a la idea justicia, en el sentido clásico que le atribuía el Profesor De Castro, consistente en el deber de cooperación de todos en la realización del Derecho, sin embargo, no me resisto (una vez más) a reproducir el alegato de Joaquín Costa al respecto: Es sabido que uno de los más firmes sostenes de las sociedades civilizadas, viene siendo, desde hace más de dos mil años, una presunción iuris et de iure que constituye un verdadero escarnio y la más grande tiranía que se haya ejercido jamás en la historia; a nadie le esta permitido ignorar las leyes y, en consecuencia, se presume que todo el mundo las conoce por lo cual, aunque resulte que uno las ignoraba, le obligan lo mismo que si las hubiese conocido, una presunción que se mantiene a sabiendas de que es una falsedad, a sabiendas de que es una ficción, a sabiendas de que es contraria a la realidad de las cosas.

Para ilustrar su opinión, contaba Costa una anécdota sobre la aceptación de la herencia a beneficio de inventario: Un sujeto recibió una herencia sin acogerse al beneficio de inventario. Como fuese que las deudas de la herencia eran superiores a sus bienes, los acreedores procedieron, tras la liquidación, contra el heredero. Éste, deseando salir de su dificultad, consultó a un abogado, quien le preguntó: “¿Cómo no aceptó usted la herencia a beneficio de inventario?” “Porque no sabía que existiese semejante cosa”, le contestó. “Pues debía usted haberlo sabido, porque todo ciudadano tiene la obligación legal de conocer las leyes”. “Pues mire usted”, le replicó, “tampoco eso lo sabía”.

Así son las cosas, queridos lectores; una cruda realidad que puede aderezarse con la utilización espuria de instrumentos de producción normativa como los Decretos leyes, dejando desnudo el presupuesto habilitante (todo es extraordinario y urgente, como el pan para hoy), y a sus contornos materiales, que al menos en el ámbito tributario han quedado tan desdibujados que ya apenas se advierten.

Por no hablar de lo que se nos viene en los programas electorales (esas promesas que están para no cumplirse, como decía Tierno Galván), a base de papirotazos cuya pluralidad e imprecisión hace que al menos en la sesera de un servidor cunda el desasosiego, ante el eventual resultado de las elecciones, que (cabe suponer) tanto dará que hablar a los concurrentes, esperemos que bajo el paraguas de la sensatez. Solo se me ocurre deslizarles, con toda la humildad, una sugerencia: traten de hurtarle a Joaquín Costa la razón.

 

 

 

 

 

 

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