La Startup del Siglo XV.

La orografía del Norte de Italia es muy singular y, en gran parte, permite explicar del carácter particular de sus habitantes y de su desarrollo histórico. Encapsulada entre dos bloques montañosos, los Alpes y los Apeninos Septentrionales, tenemos el fértil valle del Po, en forma de triángulo, donde parece que tanto las aguas como las comunicaciones nos llevan a desembocar en el Golfo de Venecia, en el mar Adriático, puerta para el comercio con la Europa Oriental y el mas allá. En cambio, en el lado opuesto, en el vértice del citado triángulo, donde se abrazan ambos macizos, al otro lado del sistema montañoso y, a través de unos escasos pasos, se extiende una estrecha franja costera, el Golfo de Génova, en el cual, las poblaciones se agolpan mirando el mar, territorio de tránsito entre la Europa Occidental y el Valle del Po o el resto de la Península Itálica.

Pues bien, en el Siglo XV, Génova y el Valle del Po eran, algo así, como el Sillicon Valley del Renacimiento, una zona donde el espíritu emprendedor, comercial, innovador y bastante anárquico encontraban su máxima expresión y un ecosistema social propicio. De hecho, en ese ambiente de caos político y militar, con las distintas Repúblicas y Ducados en continua pugna entre ellas y con las grandes potencias del momento, los mercaderes y comerciantes, los empresarios, demostraban que, más allá de las armas, ellos se estaban convirtiendo en un poderoso e influyente contrapoder.

No es de extrañar que de aquella Génova del Siglo XV surgiese un emprendedor tan singular como Cristóbal Colón. No sabemos con certeza si era ligur (oriundo natural de la zona de Génova) o tuviese orígenes distintos. Al fin y al cabo, Génova, entonces, era de las grandes urbes europeas, ciudad de tránsito, cosmopolita, puerto principal con una de las más poderosas armadas, uno de los principales Meeting Point del Mediterráneo, que es tanto como decir de todo el mundo conocido, por aquel entonces. Siendo como era la Génova entonces, tanto podía tener orígenes ligures como venecianos, judíos, portugueses o de Sant Esteve de Sesrovires. Sinceramente, importa un comino.

Como decía, el amigo Cristóbal Colón, en mayor o menor medida, vivió, se educó y se contagió del ambiente empresarial que se respiraba en ese bullicioso norte de Italia y más, en una ciudad como Génova, donde la salida al mar y la actividad mercantil era la principal vía para la prosperidad y el crecimiento personal.

Tengamos presente que, por aquel entonces, una expedición marítima era el referente de lo que hoy sería una empresa. De hecho, el origen etimológico de «empresa» proviene del término latino «apprehendere» y introdujo en nuestro idioma a raíz de la estrecha relación entre los Reinos hispánicos y los territorios de la actual Italia (os recomiendo leer algunos estudios acerca la importante implantación y vínculos entre Génova y España). Se cuenta que, en 1611, Sebastián de Covarrubias en su «Tesoro de la Lengua Castellana o Española», es el primero en incorporar formalmente la noción de «empresa» al español al incluirlo en la definición de «emprender»:

Emprender. Determinarse a tratar algún negocio arduo y dificultoso; del verbo latino appréhendere, porque se le pone aquel intento en la cabeza y procura ejecutarlo. Y de allí se dijo empresa, el tal acometimiento. (…).

Bueno, a lo que iba, a finales del siglo XV, las estartaps («empresas de nueva creación») del momento eran aquellas iniciativas en las que algún iluminado encontraba algún recorrido o territorio que permitía descubrir, o nuevas rutas más rápidas y eficientes (mejora de procesos) o nuevos mercados, bienes y/o productos para un creciente público europeo cada vez más hambriento de novedades y riquezas. La Europa del Renacimiento, la Europa de los burgos, experimentaba una importante expansión económica y social, las ciudades cada vez estaban más pobladas y se convertían en centros de poder que amenazaban las viejas y anquilosadas estructuras medievales.

Pues bien, de la juventud y primera madurez del bueno de Cristóbal poco se sabe con algo de certeza, aunque se conoce que, aparte del oficio de marino anduvo o colaboró en empresas comerciales por el Mediterráneo y el Atlántico, correteó y se formó por el citado Sillicon Valley así como en algunos de los principales centros de innovación y nuevos conocimientos, como era la Lisboa de Juan II de Portugal.

Cansado de currar para otros, como alma inquieta que era y con la suficiente ambición de lograr un unicornio empresarial, otro aspirante a la gloria comercial, le llegó el momento de lanzar su particular proyecto de negocio.

Así que, partiendo de las ideas adquiridas, conocimientos y las abundantes experiencias, lanzó un nuevo, innovador y ambicioso desarrollo empresarial, un proyecto disruptivo, algo tan temerario como posible y que, con el suficiente apoyo, conseguirá enriquecerse tanto él como los inversores que confíen en él. Como buen emprendedor, monta unos pogüerspoints al uso, muy bonitos y lucidos, su bisnesplan y las oportunas proyecciones de ingresos, gastos y mucho retorno para los inversores. Porque aunque fueran gentes recién salidos del medioveo no significaba que fuesen estúpidos. Por tanto, si quería que alguien aflojase su pasta para financiar el desarrollo del negocio, dado el alto grado de riesgo e incertidumbre, el retorno debería ser excepcionalmente elevado. Aversión al riesgo, volatilidad, etc. Nihil novum sub sole.

Nuestro emprendedor, como cualquier estartapero de pro, aparte de conseguir embaucar a algún amiguete tan entusiasta pero tan escaso de recursos financieros como él, se dedica a rastrear los potenciales Business Angels o Venture Capital del momento, pero con un escaso éxito. Haberlos los había, pero no les convencía. Aparte, había cuestiones de índole administrativa y burocrática a tener en cuenta. En definitiva, esto de conseguir dinero ajeno nunca ha sido fácil.

El caso es que, por aquel entonces, la reina Isabel de Castilla intuía que para la expansión y poder del incipiente reino unido era necesario algo más que la conquista militar, aventuras complejas y con un elevado coste económico. Aquí sobraba testosterona y faltaba más tejido empresarial. Sin comercio y empresas potentes no había posibilidad de recaudar los tributos suficientes para implantar su nueva administración. Sin embargo, cuando se sometió el proyecto a la consideración de las viejas estructuras burocráticas y económicas, bien sea por la ignorancia de sus miembros y/o bien por ver amenazada su privilegiada posición, no veían más que problemas y únicamente presentaban objeciones. Es como que si Satoshi Nakamoto hubiese pedido opinión y aprobación a los responsables de los Bancos centrales para lanzar el Bitcoin.

Todo y eso, Isabel escuchaba y se dejó asesorar. 

Pasan los días, semanas y meses. Idas y venidas, negociaciones, que si la inversión es mucha, cuál debe ser el papel del empresario fundador, ahora me veo con otro inversor, tiras y aflojas que, finalmente, concluyen con un pacto de socios, como toda Startup con aspiraciones, las denominadas Capitulaciones de Santa Fe de fecha 17 de abril de 1492. En definitiva, una Ronda de Financiación para la Historia.

Alguno dirá que la inversión es más bien pública que privada y, siendo esto cierto en parte, la realidad es que, a finales del Siglo XV, las monarquías y el poder político aún mantenían un fuerte carácter patrimonial y personal, iniciándose entonces la transformación hacia los modernos Estados-Nación y el restablecimiento de la esfera pública. Sea como fuere, bien fuese una ayuda CDTI, préstamo ENISA o una mera inyección de capital, Colón consiguió el capital mínimo necesario para arrancar el proyecto.

Por supuesto, una vez efectuada la inversión, tocaba acelerar el desarrollo, quemar dinero, montar el equipo directivo, contratar empleados y organizar los medios y recursos en la medida de sus capacidades para conseguir un éxito, tan difícil como increíble. La incertidumbre era máxima, riesgo, aventura y grandes posibilidades de fracaso. En manos de la Fortuna. Porque, como en cualquier otro negocio, el azar y las situaciones límite son las que, en parte, explican que un proyecto potencialmente condenado al fracaso alcance los objetivos o, como sucedió, aún siendo otros, son fructíferos.

Ya me diréis qué cabía esperar de tres cascotes de madera atravesando miles de kilómetros de mar abierto, desafiando lo conocido, con escasos pertrechos y provisiones, aparte de una tecnología insuficiente. Sin embargo, Cristóbal Colón y los ingenuos que le acompañaban llegaron a buen fin, entre otras cosas, porque habían llegado a ese punto de no retorno, donde el regreso es más peligroso y temible que seguir avanzando a la desesperada hasta el destino final. El resto de la historia ya la conocéis y si no es así, os recomiendo leer, investigar, leer, leer y aprender.

Estoy convencido que Cristóbal Colón no era un santo, es más, demostraba tener algunos rasgos propios de algunos emprendedores rupturistas; ambicioso, egocéntrico, aventurero e iluso, listo, iluminado, visionario, cabezota… Al fin y al cabo, todos tenemos nuestras luces y sombras, todo depende de hacia dónde se decanta la balanza. Sea como sea, de entre las distintas lecturas e interpretaciones posibles del amigo Colón, personalmente, me quedo con la idea de que estamos ante un Steve Jobs o Larry Page del Siglo XV y con acento ligur y, qué duda cabe, la suya fue una de las empresas más pioneras y disruptivas de la Historia.

Como la Historia nos enseña, los empresarios, esos locos emprendedores y autónomos, personas que curran, empeñan tiempo, recursos y vida en aras de sus sueños y proyectos de desarrollo y crecimiento han tenido y tienen un papel esencial para transformar las sociedades, para traer progreso y favorecer la prosperidad. Con la ayuda y colaboración de muchos otros, sin duda, pero liderando el avance hacia el Nuevo Mundo. 

Mientras unos construyen el futuro, otros se dedican a reescribir el pasado y destruir lo edificado. Esa es la línea que, definitivamente, diferencia a unos de otros.

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