La familia Gibernau y los personajillos tributarios

Entiéndase el presente texto como merecido panegírico, dedicado a la figura de mi socio, César.

No hace mucho fui consciente por un par de comentarios de que, mencionar mi nombre en cierto foro tributario de personas a las que yo no conocía personalmente, podía tener consecuencias casi devastadoras, hasta el punto de amenazar con la cancelación de actos institucionales. La parte infame que, como a todo humano, me adorna me hizo articular una malvada medio sonrisa. Sin embargo, tras ese destello de diabólica satisfacción, como ocurre con la ingesta excesiva de alcohol, me vino una prolongada resaca de tristeza.

Los que navegamos entre la academia y el mundo profesional somos conscientes de que no somos bien recibidos ni en uno ni en el otro poblado del universo tributario. Desde luego, la academia -en minúscula- no es un lugar agradable para un elemento exógeno, pues se mantienen tradiciones tan inveteradas como absurdas. A saber, los catedráticos solo mencionan (e invitan) a catedráticos, por mucho que algún discípulo sea el más reconocido conocedor de un asunto determinado; los profesores churras solo se juntan con los de su rebaño y no con los merinos, aunque en privado asuman tranquilamente que uno de estos últimos pueda ser el que más sabe sobre una cuestión técnica concreta; por supuesto que solo se citarán artículos de amiguetes, aunque no tengan nada que ver con el asunto de fondo y, claro, olvidémonos de referenciar escritos técnicos -por muy innovadores o valiosos que sean- que no formen parte de las revistas aparentemente científicas más al uso. Un panorama desolador para el siglo XXI, acorde con la mediocridad en la que malvive una universidad a la que es difícil reconocer como el centro de saber que algún día debió ser.

Más satisfacción otorga el orbe profesional, a salvo de coexistir con ciertos personajillos tributarios odiosos, fácilmente detectables. El clásico entre los clásicos es el Aprovechategui, una especie en expansión, que te machaca a consultas bajo el pretexto del colegueo profesional, que luego repercute a su clientela sin tu conocimiento. Si un correo electrónico se dirige a ti utilizando el vocablo “colega”, date por muerto. Luego tenemos al que mi amigo Leo denomina con buen criterio el smokeseller. Si algo negativo cabe reprocharle a la “nueva casación” es que, a consecuencia de la gran labor de la más alta magistratura tributaria, han aparecido unas bacterias que viven de apropiarse de sentencias ajenas, parasitando el CENDOJ para darse lumbre en las redes sociales, engañando al fin a periodistas desaprensivos o ignorantes de lo tributario, hasta el punto de poder incluso convertirse en supuestas referencias del sector.

El antídoto frente a ambas plagas es bien distinto: al Aprovechategui hay que mantenerlo alejado a base de dejarle claro, en el momento oportuno, que tus horas atesoran un valor económico; al smokeseller, en cambio, es mejor no hacerle caso jamás porque intentará usufructuar la relevancia que le has concedido.

Una tercera subespecie de gran capacidad reproductiva es la del funcionario talibán, descendiente directo del rey Sol, que se pasa a Montesquieu por la entrepierna cuando comenta sentencias del Tribunal Supremo en las redes sociales, dando lecciones a diestro y siniestro de su profunda inmoralidad.

A cuento de un par de sentencias del Tribunal Supremo muy recientes -entrada en domicilio e intereses de demora- han aflorado una pléyade desconocida de smokesellers y talibanes, lo que me confirma algo que vengo rumiando desde que el Financial Times dijo, hace poco, que las profesiones de mejor futuro son la de riders de comidas a domicilio y la de asesor fiscal: vamos por buen camino.

Gracias al Creador, no obstante, el universo fiscal también está plagado de buena gente, alejada de sectarismos, obsesiones por destacar, adanismos e intolerancias varias. Suman más que las patológicas especies antes citadas, aunque la capacidad de fecundación de estos últimos animales vaya en aumento.

Mi socio César es el paradigma de las virtudes que debe atesorar un gran profesional, en el más amplio sentido del término. Lo conocí viniéndome a visitar con uno de sus clientes a mi despacho. A pesar de la diferencia de edad, en ningún momento fue condescendiente, ni agresivo ni displicente. Simplemente, quería colaborar de la mejor manera para solventar el problema de la familia a la que acompañaba. Escuchar. Plantear problemas y soluciones. Su sonrisa, amplia, tranquila, su mirada profunda, es la que llevo viendo día tras día en estos casi cuatro años juntos, en los que ha mantenido -hasta que el virus ha roto todo convencionalismo sano- la bonita costumbre de saludar uno por uno a todos los empleados del despacho al llegar. No se puede ser más bueno, más afable, menos vanidoso, más avispado ni más ¡alto!

No puedo decir que es como un padre. Tampoco un hermano. Es, sin más, un amigo de verdad. Que sufre o disfruta en silencio. Que confía excesivamente en mis conocimientos y en mis habilidades personales y profesionales. Del que fluye un conocimiento empresarial poco común, que ha permeabilizado en su inteligente hijo, Álvaro, y del que está aprendiendo a toda prisa la encantadora Adriana.

La familia Gibernau les desea a todos los lectores unas muy felices fiestas y, este año especialmente, muchísima salud para el 2021 que verá la luz en breve, en el que esperamos recuperar la normalidad y poder, de una vez por todas, volver a besar y abrazar -¡como nunca!- a nuestros más queridos y rezar un réquiem por el modelo 720.

 Publicado en la revista jurídica de elEconomista en el día de hoy.

7 pensamientos en “La familia Gibernau y los personajillos tributarios

  1. José

    Estimado compañero de profesión y de asociación, te sigo desde hace bastante tiempo con interés y admiración. Admiración en lo profesional y en lo personal. En estos tiempos de “escuadrones de la muerte” en lo tributario, donde la norma y los principios son con frecuencia un estorbo, se necesita ser muy valiente para atreverse a decir lo que tú dices alto y claro. Probablemente me encuentre en el grupo de los aprovechategui, porque siempre que lo veo necesario, no dudo en aplicar tus valoraciones de esta turbia y perversa realidad jurídica que es la práctica del derecho tributario.

    «Quien con monstruos lucha, cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti». ( Nietzsche)

    FELIZ SANIDAD Y VENTUROSO 2021.

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  2. Misno Tasetal

    10 párrafos 10, bien aprovechados. Le agradezco mucho la dignísima valentía que exhibe en los 5 primeros. Y resulta reconfortante comprobar en los 3 últimos que encuentra un importante consuelo en su familia profesional.

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    1. Esaú Alarcón García Autor

      Muchísimas gracias por tu comentario, Misno, y mis mejores deseos para este año. Esaú

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