Carta a los Reyes Magos que magia no hacen

Queridos Reyes Magos Tributarios:

Aunque este año también he sido muy buena y me portado muy bien, estoy completamente desolada: por más que me resistí —por más que me tapé los oídos, y cerré los ojos, y dije blablablablablá a todos los que venían a fastidiarme—, no he podido evitar conocer El Secreto.

Así que ya sé, queridos Reyes Magos, que magia, magia, lo que se dice magia, no hacéis, y que ya puedo ir poniendo de mi parte porque, sin la ayuda de los pajes que somos todos y cada uno de los introducidos en El Secreto, regalos, lo que se dice regalos, resulta ahora que no traéis ninguno.

O sea, que me he hecho mayor… ¡Qué disgusto más grande, por favor!

Tan poco dulce me ha parecido esta introducción al caos de la vida adulta, que he decidido hacer como si, con magia o sin ella, hubierais conseguido que el tiempo retrocediera y se parara en esa bendita edad en la que las horas no se ataban al reloj; esa edad bienaventurada en la que cada minuto se vivía al cabo de la intensidad y uno desperdiciaba a manos llenas cada segundo de su existencia…

Cómo es esto del tiempo, ¿verdad?
Yo, que ya soy mayor, sé bien que, si existe una ley no escrita, sino innata —una ley que no hayamos aprendido, heredado o leído, sino agarrado, exprimido y apurado de la misma naturaleza; una ley para la que no hayamos sido educados, sino hechos, y en la que no hayamos sido instruidos, sino empapados—, esa ley es la que dice que solo descubrimos el valor de nuestro tiempo cuando ya hemos consumido buena parte del que nos ha sido dado.

No sé si esa ley tendrá algo que ver, pero el caso es que, aun sabiendo que magia no hacéis, lo que me gustaría pediros este año es eso: que me ayudéis a recuperar la sensación perdida del tiempo detenido; esa sensación de vida vivida donde nunca pasa nada.

Y no os pongáis de perfil ni me digáis que milagros, lo que se dice milagros, tampoco habéis hecho nunca vosotros, ni me reprochéis que cómo se me ocurre venir este año con estas peticiones tan disparatadas, porque lo creáis o no es mucho lo que podéis hacer, todos y cada uno de vosotros, para no darme carbón por respuesta otra vez.

Un ejemplo de ese mucho hacer al que me refiero —llamadlo magia, o milagro, o simple sentido común— es el que dio Melchor cuando, con esa sabiduría que tan bien encarna el poder judicial, puso coto por fin, en sus sentencias números 1201/2025, de 29 de septiembre de 2025, pronunciada en el recurso n.º 4123/2023 (ROJ: 4059/2025) y 1460/2025, de 17 de noviembre de 2025, pronunciada en el recurso n.º 4015/2023 (ROJ: 5044/2025), a la desesperanzadora práctica del tiro-metralleta. La de años que nos devolvió a todos cuando proclamó que “la facultad reconocida a la Administración para reiterar el contenido de los actos en sustitución de otros anulados” —ya sabéis, esa doctrina del doble tiro que dio lugar luego a la práctica del tiro-metralleta— solo permite “el dictado de un segundo acto, precisamente el que se dirige a dar cumplimiento al previamente dictado en la vía revisora que lo ordena o habilita, según su naturaleza” y que “bajo ningún concepto y en ninguna circunstancia es lícito que la Administración pueda dictar un tercero y, menos aún, otros subsiguientes actos administrativos, aunque el segundo acto adoleciera de cualquier vicio, formal o material, con infracción del ordenamiento jurídico”.

Solo os pido a Baltasar y a Gaspar que toméis esto como una pequeña muestra de lo que podéis hacer por el tiempo propio y ajeno.

Baltasar, por ejemplo, ya que encarna la diversidad de un poder legislativo que debería representarnos a todos, podría replantearse si es verdaderamente necesario introducir nuevas figuras tributarias en un ordenamiento jurídico ya atiborrado de ellas, sobre todo cuando la recaudación esperada o conocida de esas nuevas figuras tributarias no alcanza ni para subvenir siquiera los costes que su establecimiento y aplicación entrañan y son, además, en lo que a mi petición de este año más importa, figuras complejísimas que exigen horas, y horas, y horas para entenderlas y adaptarse a ellas.  Y si llegara a la conclusión de que la introducción de esas nuevas figuras es imprescindible por no se sabe bien qué ignota razón —puesto que la de allegar recursos al sostenimiento de los gastos públicos ya está claro que no es— podría al menos tratar de pedirle a los sabios que redactan los anteproyectos de las normas que introducen estas figuras que los repasen unas veinte veces antes de iniciar su tramitación para hacerlos con cada repaso un poco más concisos, un poco más claros, un poco más fáciles de entender que en la versión anterior. Quizá no estaría de más que contrataran a un lingüista —de los que no creen en el lenguaje inclusivo, por favor— para que revise esos textos normativos y se asegure de que están escritos en el bonito idioma que hablamos todos. La de quinquenios que podría devolver Baltasar con eso a toda la sociedad. 

Y Gaspar, ya que encarna la energía de un poder ejecutivo con iniciativa política, podría iniciar de oficio —motu proprio, como mandan los cánones de una buena administración— el procedimiento para revocar, rectificar o anular aquellos actos administrativos de cuya improcedencia es plenamente consciente, sea porque ya ha reconocido que cometió en ellos flagrantes errores aritméticos, sea porque anuló otro acto administrativo que era su antecedente lógico, sea porque de forma sobrevenida haya acaecido cualquier otra circunstancia que evidencia sin discusión su improcedencia palmaria. A mis amiguitos les llena de congoja verse obligados a embarcarse en larguísimos periplos procesales para defender algo que no solo el derecho, sino también la justicia, la razón, ¡y el propio Gaspar! dicen que le corresponde. La de décadas que podría devolver Gaspar con esto a los infelices afectados por estas situaciones.

Y ya que estamos, los tres podríais replantearos vuestra respectiva posición sobre esas obligaciones informativas con las que se dispone alegre y gratuitamente del tiempo de los obligados tributarios.  

Tened en cuenta, queridos Reyes Magos, que el derecho al disfrute del tiempo libre reconocido en el artículo 24 de la Declaración de Derechos Humanos se ve ciertamente comprometido cuando en ese tiempo libre los ciudadanos viven sumidos, como si fuera un mal sueño, en la angustia de no llegar a conocer siquiera las numerosas obligaciones de hacer, o de dar, o de no hacer que pululan por ahí, en algún rincón olvidado del ordenamiento jurídico, y en la congoja de tener que buscar tiempo para conocerlas, entenderlas y cumplirlas, y en la ansiedad de poder verse obligados a recorrer un largo viaje para defender lo que hicieron o dejaron de hacer si alguien entendiese luego que estuvo mal hecho o mal dejado de hacer. 

Así que el regalo que este año os pido es que tengáis presente estas consideraciones en el futuro. Creo que teniéndolas presente podríamos recuperar, no solo yo sino también mis amiguitos, una parte de nuestro tiempo para volver a vivirlo en directo, como cuando no sabíamos El Secreto, sin caer en ese peligro de la vida adulta que es el de vivirlo todo él en diferido.

Queridos Reyes Magos: yo lo quiero es tiempo de verdad.

Tiempo para arrancarme, no a cantar, que lo hago muy mal, pero sí a bailar; tiempo para bailarle al Sol un año más que sigo estando viva y para decirle al desánimo, cuando asome la cabeza —que la asomará en algún momento— que no, que no puede conmigo.

Si después de arder, el fuego es solo humo, nuestra vida después de vivida será solo memoria. Dejadme pues, dejadnos a todos, un poco de tiempo verdadero para disfrutar en directo de su espectáculo y llenar la mochila de recuerdos para cuando toque disfrutarlo en retrospectivo.

Así que eso es lo que os pido. No es ninguna magia, de verdad que no.

Un abrazo muy fuerte,

Gloria

P.S. Y si con toda la vida ajetreada que también vosotros lleváis no tenéis tiempo para traerme el que yo os pido, os rogaría que, de forma subsidiaria, como plan B, me traigáis el vinilo de La ley innata, de Extremoduro. Creo que me sirve estupendamente para vivir en directo siquiera sus escasos 45 minutos.

Acerca de Gloria Marín Benítez

Gloria Marín Benítez es socia del departamento de Derecho tributario de Uría Menéndez desde 2015. Doctora en Derecho, combina el ejercicio profesional con la investigación, enseñanza y divulgación jurídicas. Especializada en la dirección letrada de todo tipo de procedimientos tributarios y litigios, su experiencia y sus líneas de investigación incluyen la lícita planificación fiscal y sus límites y el asesoramiento fiscal en materia retributiva, empresa familiar y cliente privado y mercado del arte.

Un pensamiento en “Carta a los Reyes Magos que magia no hacen

Participa y déjanos tu comentario.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.