Ha sido un placer

A Sofía y Rebeca; tu mejor legado

“El dolor pasa, la belleza permanece” (Pierre-Auguste Renoir; 1841-1919).

***

Uno de los más emocionantes misterios de la vida lo constituyen las personas (personajes, algunos) con las que te vas encontrando en tu devenir. Si entendiéramos la vida como una película de aventuras (una concepción tan válida como otra cualquiera), las contemplaríamos como esos protagonistas que irrumpen en escena, se retiran -o no- y, en algunos casos, vuelven a aparecer sorpresivamente tras un giro de guión que les depara un papel impresionante, estelar incluso.

Casi coetáneos (él algo -poco- más joven que yo), coincidí con José Enrique García-Romeu Quinza en una de las Big4 a la que ambos nos habíamos incorporado en la hornada de 1997; compartíamos, pues, “quinta”. Él en Madrid, y yo en Vigo (es decir, en “provincias”, o, en el argot de Azca, en “oficinas”); pero eso no impidió que nos encontráramos con regular periodicidad en “saraos” corporativos (el sentido de pertenencia, “ya tú sabes”) y/o formativos de la “firma”.

Y era allí, en esas ocasiones en las que nuestros caminos se cruzaban, cuando -tomando prestado el magistral estilo de Lorenzo Silva- aprecié “que no era como los demás. Era un jinete solitario en medio de una carga de caballería, alguien que atacaba al enemigo designado por el mando, al unísono con el resto, pero que, en vez de confiar para ahuyentar el miedo en el amparo de la formación, prefería ir por libre, con el sable bien aferrado, apostándolo todo a la penetración de su propia mirada y a la fuerza de su brazo. No es que no respetara la jerarquía o no se atuviera a las instrucciones debidas; (…) pero tenía el orgullo de hacerles ver que obedecía porque él decidía hacerlo, en uso de su soberana libertad, sin pagar ninguna deuda con ellos” (“El paraca”; dentro de “El hombre que destruía las ilusiones de los niños”, 2013).

Eso fue lo que me llamó la atención de él; esa sensación de ser un verso suelto, de ir por libre, de tener ideas propias y, además, no ocultarlas.

Dentro del asesoramiento fiscal que compartíamos como profesión, él se movía en el glamour de los grandes asuntos: fiscalidad internacional, operaciones transnacionales o precios de transferencia; yo, sin embargo, siempre mucho más pedestre: las amortizaciones, las retenciones y/o las comprobaciones de valores como mi hábitat natural… Pero, incluso desde esos universos paralelos, ambos percibíamos cierto cordón umbilical en nuestro modo de ver las cosas (¿la vida?); y eso -que, como tantas cosas, se va apreciando con la edad-, ahora lo sabemos, une.

Tras un paréntesis en Nueva York (más glamour añadido a su CV) y en una cotizada (más todavía), se fue de aquella Big4 en la primavera de 2013, apenas unos meses antes de que lo hiciera yo mismo. Él, tras unos años “in house” en una gran empresa energética, montó su propio negocio de asesoramiento tributario estratégico de alto valor añadido; yo, por mi parte, me incorporé a MAIO. Y ahí nos perdimos la pista durante unos años…

Fue -¡quién lo habría dicho!- la mismísima Agencia Tributaria (AEAT) la artífice de nuestro feliz reencuentro. Recuerdo que estaba de viaje, concretamente en Barajas, en una de esas agotadoras esperas aguardando un embarque, cuando sonó mi teléfono: ¡era Jose, años después! Lo de menos era el motivo de su llamada (compartir ciertas inquietudes procedimentales sobre un asunto que tenía entre manos); lo de más, nuestro reencuentro.

Nos pusimos al día: me habló de su proyecto profesional, de su nueva vida rural en Castro Urdiales, de cómo disfrutaba como un niño surfeando en la playa de Sonabia/Valdearenas, de su mujer (Lidón) -decía que al conocerla (como digo yo respecto a la mía, de ahí que recuerde su expresión) le había tocado “la lotería”– y de las dos hijas que ya entonces tenían (Sofía y Rebeca).

Una vez recuperado el contacto, ya nunca volvimos a perderlo…, hasta el final.

Hacía ya tiempo que me había relatado los males que le aquejaban y, a través de nuestras conversaciones (con videoconferencias, llamadas y mensajes), fui tomando consciencia del progresivo deterioro de su salud.

Pudiendo haberlo hecho (motivos le sobraban y, además, habría sido del todo legítimo hacerlo, pues nadie está obligado a ser un héroe), nunca le vi instalado en la lástima ni en la compasión; bien al contrario, mantuvo la ilusión hasta que lo irremediable se impuso… Y, así, fue admitiendo su destino con una alucinante racionalidad y entereza que, en más de una ocasión, me sobrecogió. Tanta era su presencia de ánimo -al menos, la que yo percibía-, que su último mensaje me negué a interpretarlo como lo que era: una despedida.

No revelaré -obvio- su contenido: queda entre él y yo, pero sí una mera frase -aislada- que define plenamente su carácter (genio y figura) dentro de la absoluta devastación en la que ya estaba inmerso y que, además, en este blog (del que él era un fan confeso), adquiere todo su (sin)sentido: “manda huevos que sin cumplir con la AEAT uno no se pueda ir en paz”.

Estaba claro que la particular película de mi vida tenía reservado para él un papel singular, del todo inolvidable; magistral (pues maestro era).

La última vez que le llamé, ya era tarde -demasiado tarde- y no respondió al teléfono. Ahí, en el tono no atendido de esa llamada, se evidenció el vacío inmenso, el abismo existencial que se abre cuando alguien muere.

Hace apenas unos días tuve una del todo sobrecogedora conversación con Lidón, su mujer (todavía me niego a asumir que sea su viuda). No la conozco, pero, ya por lo que he podido hablar con ella, tengo la absoluta certeza de que es una persona extraordinaria. Y, sin duda, la mujer de su vida (su particular “lotería”).

Descansa en paz, Jose; amigo.

“Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

(…)”. Jaime Gil de Biedma; “No volveré a ser joven” (1968).

#ciudadaNOsúbdito

Acerca de Javier Gómez Taboada

Inició su carrera profesional en el Departamento Fiscal de J&B Cremades (Madrid; 1992/94) y, posteriormente, en Coopers&Lybrand (hoy Landwell/PWC; Madrid/Vigo; 1994/97) y en EY Abogados (antes Ernst&Young; 1997/2014) donde fue su Director en Galicia. Licenciado en Derecho por la Universidad de Salamanca (1990). Máster en Asesoría Fiscal (MAF) del Instituto de Empresa (1992). Miembro del Colegio de Abogados y de la Asociación Española de Asesores Fiscales (AEDAF). Coordinador de la Sección del I. Sociedades (2012-2015) de la AEDAF, miembro de su Consejo Institucional (2010-2015, 2018-2023), de su Sección de derechos y garantías del contribuyente (2015-2018), y de su Comisión Directiva asumiendo la Vocalía responsable de Estudios e Investigación (2018-2023). Miembro de los claustros docentes del Curso de especialización en Derecho Tributario de la USC; Máster en Asesoría Jurídica de la UdC; Máster de Derecho Empresarial de la UVigo; Máster en Asesoría Jurídica de Empresa (IFFE/La Coruña); Máster en Fiscalidad y Tributación (Colegio de Economistas de La Coruña); Máster en Tributación y Asesoría Fiscal (Escuela de Finanzas/La Coruña); y Máster en Asesoría Jurídico-Fiscal de la U. Complutense de Madrid. Autor de numerosos artículos doctrinales, tanto individuales como colectivos. Colaborador habitual de la revista del Colegio Notarial de Madrid ("El Notario del siglo XXI") y autor de la tribuna "Soliloquios tributarios" (Atlántico diario). Ponente habitual en Seminarios y Jornadas tributarias. Miembro Jurado 21º-24º edición Premio AEDAF. Reconocido por Best Lawyers (2020/2022) y “Abogado del año”/”Lawyer of the year” (2024).

4 pensamientos en “Ha sido un placer

  1. Arantxa Apesteguía

    Conmovida por la noticia! Muy bello artículo, coincidí también en una big four con Josete y era tal y como lo describes. Genio y Figura! Mis condolencias a su esposa, a sus hijas, a sus familiares y amistades. DEP

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