De vuelta, en el tren.

Escribo de regreso a Barcelona, montado en un tren de alta velocidad de Iryo que se ha demorado, con la inquietante sensación de sin certeza alguna de que llegaré. Pero, sobre todo, conmovido por la triste noticia del accidente ferroviario en Urda (Toledo) y por haber vivido, en directo, cómo el personal de la compañía recibía la información y, de forma inevitable, afloraban las emociones y la preocupación. Por unos instantes, en primera línea, sentía que estaba en un velatorio improvisado. Mientras los pasajeros se inquietaban por la falta de noticias y la confusión, el personal amagaba las lágrimas y la rojez de sus rostros.

Fui de los primeros de bajar la rampa para embarcar en el tren que me debe regresar a mi casa. Y el silencio pesaba. Quieres creer que todo irá bien y nada nos debe suceder. Pero esa confianza también la tenían quienes viajaban en los vagones siniestrados. En el andén, llegué ante mi vagón, suspiré y dudé. Subí.

Mientras busco mi asiento pienso en qué momento hemos normalizado que la experiencia de viajar en tren sea una aventura o una actividad de riesgo. Me niego a aceptarlo. Es, sencillamente, inaceptable.

Tristemente, en las próximas horas y días, asistiremos al recuento de muertos y heridos, víctimas principales y accidentes de la degradación de nuestras infraestructuras y el deterioro institucional.

Mi más sentido pésame por las personas que hoy han perdido la vida en el trágico accidente de Urda (Toledo), mi apoyo y recuerdo tanto a los heridos como a las familias y seres queridos de los accidentados. Dios los tenga en su Misericordia.

Sin embargo, no son las únicas víctimas. Hay una multiplicidad de perjudicados directa o indirectamente por este fracaso. Personas que no pueden cumplir con sus compromisos o llegar a tiempo a su destino, personas que deben peregrinar en la búsqueda de soluciones alternativas y tampoco exentas de riesgos. Historias inmediatas, incomodidades, molestias y dudas.

Ahora bien, hay otras muchas ilusiones y proyectos que también descarrilan sin que nadie las cuente, abocados al olvido. Un querido amigo me explicaba que este dramático accidente trunca la posibilidad de reagruparse con su hijo. Tras meses de preparativos para su traslado desde Barcelona (donde reside con su madre) para que vivir juntos en Madrid, todo queda aparcado.

Las ciudades no se han movido; la distancia, sí. Madrid y Barcelona están hoy más lejos de lo que estaban ayer, y no por los kilómetros. Se alejan los proyectos, los negocios, los encuentros. Nos sentimos todos un poco más lejos y más extraños.

Por otro lado, hay otra víctima sutil y profunda, la confianza.

Obviamente, perdemos confianza en nuestros gobernantes e instituciones pues, aparte de su corrupción y deterioro moral, se muestran inútiles e indolentes; asistimos, una vez más, a la constatación de la progresiva y paulatina degradación de lo público, a la negligencia criminal e irresponsable, a la pérdida de respeto al Bien Común. Esa maltrecha confianza cuesta recuperarla, sin embargo, sería posible mínimamente si, aparte de las exigencias de responsabilidades políticas (entre otras, el voto) existen condenas jurídicas y personales que permitan atenuar los daños y perjuicios causados.

Y hay otra confianza, todavía más difícil de reparar: la que, como nación y como comunidad humana, depositamos en nosotros mismos. La tragedia pertenece, ante todo, a sus víctimas; la obligación de no volver la mirada pertenece a todos. Nuestra responsabilidad no consiste en declararnos culpables de lo que aún se investiga, sino en no acostumbrarnos a la mediocridad, en reclamar talento, rigor y cuidado de lo que es de todos. Hemos confundido demasiadas veces la apariencia con la competencia, el gesto con la acción, el entretenimiento con la vida pública. También eso termina cobrándonos un precio.

Recordamos abruptamente que somos vulnerables, nuestras vidas son contingentes y que, en algún momento, no debimos apartar la mirada. Perdemos nuestra autoestima individual y, por encima de todo, como nación, porque no sólo dudamos de nosotros mismos, sino de todos lo que nos rodean.

¿Cómo nos recuperamos de esta? No pierdo la esperanza; me resisto a perderla. Pero para volver a la vía, muchas cosas tendrán que cambiar.

Aún no he llegado a Barcelona. Falta poco. Quiero confiar.

3 pensamientos en “De vuelta, en el tren.”

  1. Tati Molina

    Emilio, os leo siempre con mucho interés (tributario) y hoy, además, con congoja. Yo tenía que subir al mismo tren que tú, pero me he dado la vuelta al ver lo que has visto tú de desconcierto, tristeza y emoción. No he subido al tren. Qué pena por todas las víctimas y familiares y qué pena que, como dices, Madrid y Barcelona estén cada vez más lejos. Un fuerte abrazo. Tati Molina (por cierto, me hubiese encantado saludarte)

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  2. José Manuel Bunes Ibarra

    Desolador y con una irremediable pérdida para nuestro mundo tributario, la de Antonio Montero Domínguez, gran compañero en Hacienda Pública (Recaudación, Tributos, Inspección de los Servicios…) y profesional con una larga trayectoria dentro y fuera del Ministerio. Descanse en paz.

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