Para Judith, Jan, Natalia, Ignacio y María.
Hay pérdidas que desgarran el alma y dejan un vacío inconmensurable, como una herida abierta que no cierra, como un invierno perpetuo del espíritu. El pasado 2 de enero falleció Raül Adames García, maestro de vocación, hombre de fe y bondad.
Para quien, como yo, habita en la soledad natural de un alma poco diestra en el arte de las relaciones sociales, la partida de tan apreciado amigo supone un desgarro emocional de calado insondable.
Sin embargo, tras la desolación inicial, y retumbando aún en mi memoria las palabras del Libro de Sabiduría que escuché en su Misa de Réquiem —«El justo, aunque muera prematuramente, tendrá descanso (…) Agradó a Dios y Dios lo amó. (…) Lo arrebató para que la maldad, no pervirtiera su inteligencia, ni la perfidia sedujera su alma «— comenzó a elevarse en mí un sentimiento inesperado: un orgullo silencioso, un agradecimiento sin fondo, por haber conocido a Raül y haber gozado de su amistad. Porque la amistad, ese don sagrado que nos levanta por encima de nuestra propia pequeñez, fue el hilo dorado que nos unió, a él y a mí, y a tantos otros que hoy lloramos su marcha.
El encuentro que lo cambió todo
Conocí a Raül hace ya casi quince años, cuando eligió ser el director del colegio de mis hijos. Aún recuerdo aquella entrevista familiar como si la luz de aquella tarde siguiera reposando en mi memoria: tras hablarnos del proyecto educativo, mencionar a Dostoievski, comentar ordenadores y defender con convicción su singular estilo pedagógico, llegó el momento decisivo. Buscábamos una escuela capaz de acoger y hacer crecer a cada uno de nuestros hijos, especialmente a Santi, el pequeño, con síndrome de Down. La respuesta de Raül permanece intacta en mi memoria: «Para mí Santi no es un problema. Al contrario, estoy buscando alumnos como Santi. Me haría mucha ilusión tenerlo en el colegio». Hubieran podido ser palabras hermosas, destinadas a sonar bien y desvanecerse. Pero Raül, cuya nobleza era tan natural como respirar, sostuvo cada una de ellas con hechos. Hoy, mis hijos mayores cursa-ron con éxito y están en la Universidad, mientras Santi sigue feliz en el colegio ordinario, cursando tercero de la ESO, con la debida adaptación curricular y el apoyo de todos, gracias a su liderazgo y la complicidad del equipo humano del colegio.
Esta anécdota, en apariencia menor, revela la esencia de mi amigo. Raül era, en el sentido más pleno y profundo, un hombre bueno. No de esa bondad superficial que se limita a no hacer daño, sino de aquella bondad activa, consciente, deliberada por buscar y hacer el Bien. Poseía además la rara capacidad de penetrar en el alma humana, de escuchar en los corazones el anhelo íntimo que nos habita.
El maestro de los anhelos
Raül amaba el concepto de anhelo, ese deseo profundo que brota del interior de cada persona para movernos y elevarnos, para encaminarnos hacia lo que realmente importa. Veía el papel de los maestros —término que reivindicaba con orgullo— como el de quienes deben despertar ese anhelo en los alumnos y ayudarles a orientarlo hacia el Bien, entendido como Verdad, Justicia y Belleza. No concebía la educación como transmisión fría de conocimientos, ni como inventario técnico de saberes. Para él, enseñar matemáticas, lengua catalana o biología era siempre algo más: era sembrar en almas jóvenes la semilla de la búsqueda del sentido, de la necesidad de trascender.
Como educador y director del Abat Oliba Loreto, su proyecto educativo era ambicioso y profundamente cristiano: formar personas íntegras y completas, atendiendo a todas las dimensiones del ser humano. No concebía la excelencia académica de forma abstracta, como simple acumulación de competencias medibles. La veía como fruto de un proceso en el que las virtudes morales florecen. Por eso buscaba reunir en torno a él personas entregadas a esa misión compartida. Y lo consiguió: hoy el colegio está en manos de un colectivo que ha hecho de la excelencia un modo de vida.
El hombre de las paradojas
Raül no era sólo inteligente; era sabio. Raül poseía esa sabiduría que suele pertenecer a ancianos de larga vida y sosegada memoria. Pero apenas tenía cuarenta y ocho años y trabajaba con el vértigo de quien conoce la urgencia del tiempo.
A pesar de su éxito profesional, seguía interrogándose a sí mismo y le dolía la posibilidad de errar. Era consciente de su propia fragilidad y, aun así, asumía la responsabilidad con valentía y entereza. Por ello, desde una humildad sincera, se empeñaba en escuchar, en aprender, en darse un tiempo para el discernimiento y, a partir de ahí, con la viveza de un espíritu volcado en el servicio, obraba en consecuencia. No era hombre de improvisar; aunque de ágil pensamiento, ansiaba la certeza interior de que su acción sería buena. En ello se reconocía su formación científica, metódica, pero también su profunda vida interior, refugiarse en el silencio de la oración para tomar decisiones.
Era un hombre complejo, lleno de matices, curioso e inquieto. Encarnaba el ideal humano que MacIntyre describe en Tras la Virtud: ser lo suficientemente predecible para establecer una sólida relación de amistad y, a la vez, lo suficientemente impredecible para enriquecer las experiencias y la convivencia. Tenía una fina ironía, aquella que solo brota de las mentes avezadas y que saben compartir sonrisas y buen humor sin herir. Su estilo se caracterizaba por una elegancia desencantada y cierto humor, aunque en él ese desencanto nunca fue amargo, sino teñido de esperanza.
Era reservado en gestos y palabras de afecto. Pero esa timidez y esa discreción jamás condicionaron su entrega y servicio hacia los demás, empezando por su familia y por quienes lo rodeaban. A pesar de su aparente distancia, era especialmente sensible con las necesidades de los otros, y, sin pedirlo, en la medida de sus posibilidades, procuraba ayudar y dar la atención precisa. Así era Raül, distante en la forma, cercano en la esencia.
Entre sus paradojas brillaba una más: mientras su éxito profesional crecía, su gran proyecto verdadero era la familia que formó con su amada Judith, con sus cuatro hijos —Jan, Natalia, Ignacio y María—, que daban sentido y plenitud a su existencia.
El peregrino de la fe
Raül vivía con intensidad el anhelo del encuentro con la divinidad. Llevaba muy dentro la llamada a la trascendencia y aspiraba a encontrarse con Dios. El cuadro de Rembrandt “El regreso del hijo pródigo” siempre le acompañaba y sentía fascinación por las meditaciones de Henri J. M. Nouwen sobre esa parábola. Vivía como si él fuese el hijo pródigo de la parábola y entendía a Dios como ese padre que le acoge con misericordia plena, sin reproches, con una alegría antigua. Nunca supe por qué se identificaba con el hijo pródigo. Él era austero, noble, fiel. Tal vez porque conocía, como todos los santos, el peso invisible de la imperfección. O tal vez porque se mantenía cauteloso donde yo me mostraba confiado. Sea como fuere, la parábola le había calado tan hondo en su alma, que su humildad y sencillez eran naturales. Creía en Dios con la ingenuidad luminosa de un niño y la profundidad madura de un teólogo.

El don de la amistad y el dolor de la pérdida
La amistad que compartimos fue un don de Dios, un regalo inmerecido que nos enriqueció a ambos, a nuestras familias y a nuestra comunidad de vida.
El dolor es agudo, punzante. Es el dolor de la ausencia: ya no escucharé su voz ni su risa irónica. Los proyectos truncados, las conversaciones imposibles, los silencios que ya no volverán. Todo eso que nuestra condición humana, tan frágil y limitada, no sabe retener.
Pero junto al dolor brota un orgullo sereno y una gratitud inmensa. Orgullo por haber conocido a un hombre como Raül, por haber sido su amigo, por haber compartido con él la búsqueda del Bien, de la Verdad y de la Belleza. Orgullo por haber visto su vida entregada a Dios y a los demás, por su vocación educativa llevada hasta el extremo, por su fe sencilla y profunda. Gratitud a Dios por haberme concedido su amistad y la de su familia, por permitirme aprender de él, por mostrarme en ellos un modelo de vida. Gratitud también a él mismo, por su generosidad, su fidelidad y su modo de amar sin medida.
Confío en que Raül ha encontrado ya ese Dios que tanto anhelaba, en que se ha reencontrado con su admirado Toni Vadell.
Raül, ahora debemos hablarnos de otro modo. Desde esta distancia nueva, acaso nuestras conversaciones sean más tranquilas. Te imagino, amigo, recibiendo por fin ese abrazo que Rembrandt pintó, sintiendo el calor del cariño infinito. Y pienso, con una mezcla de dolor y extraña alegría, que tu prematura muerte quizá fue también una forma de gracia y misericordia: te arrebató antes de que el mundo, cada vez más extraño, lastimara tu alma demasiado sensible.
Descansa, Raül. Has sido mi maestro. Y ahora, desde donde estés, sigue enseñándonos a vivir.
Requiem aeternam dona ei, Domine, et lux perpetua luceat ei. Requiescat in pace. Amen.

Gracias, Emilio.
Todos los que hemos sentido, como tú, el golpe de la noticia inesperada, necesitamos ver que lo que habíamos visto en Raül no era una apreciación subjetiva, sino una realidad evidente.
Gracias por tus letras.
Hemos conocido al mismo Raül: profundo, estratega, alegre, impetuoso, eficaz, líder, espiritual, material, bueno, trabajador, familiar, amigo, generoso, comprometido, constante, bromista, …
Raül deja un hueco importante, como el que dejan los gigantes, en el sector educativo. Pero algo me hace pensar que va a estar en el centro de nuestras vidas, que vamos a percibir su presencia espiritual, va a seguir estando en nuestros debates, en nuestras reuniones, en nuestras preocupaciones, en nuestras oraciones.
Y nos queda una responsabilidad grave: profundizar en su legado y continuarlo en la medida de nuestras posibilidades.
Gracias, Emilio, por estas líneas sentidas.
Realmente brillante Emilio, como familiar directo, de Judith, me has removido el alma y el pensamiento, todo lo que has dicho es tan cierto como que ya no está presente en persona, pero lo estará dentro para siempre.
No hay mas adjetivos de los que tu has dicho, y me tomo la libertad en nombre de la familia darte las gracias.
Un abrazo.