“Sabemos que, como somos temporales, estamos hechos de tiempo y pesa sobre nosotros la amenaza de un plazo. Pero no sabemos qué es el tiempo ni con cuánto contamos. Sumidos en tamaña ignorancia, la vida nos arroja a la necesidad de ser, y no de un solo modo, sino de muchos: hijo, hermano, cónyuge, padre/madre, amigo, vecino, profesional, ciudadano. Cada modo de ser posee su propia perfección, pero la del hijo es la más universal de todas y fundamento de las demás. Por poco que vivamos, siempre habremos sido un hijo. Por mucho que ignoremos, reconocemos uno bueno cuando se presenta. Ahora, en presencia de un buen hijo que se va, pronunciamos la bendición de Proverbios: «Lleno de gozo vive el padre del justo, / el que engendra un hijo sabio se alegra. / Que pueda tu padre alegrarse por ti, / saltar de gozo quien te dio a luz»”. Javier Gomá Lanzón (“Ser hijo”; El Mundo, 6/9/2026).
***
En esta época trufada de tribulaciones -tan numerosas y variadas, como complejas- abro un paréntesis en mis derivadas tributarias para saldar una deuda pendiente: un homenaje a mi padre. Para ello, tomo prestado un magnífico artículo de Javier Marías (“Mayor que Lolita”; El País Semanal, 14/11/2016) que, en parte, parafraseo.
***
Tengo cincuenta y nueve años largos (lo que significa que, en realidad, estoy agotando ya mi año sesenta; cuyo vencimiento apunta ya en el horizonte próximo). Ésta es para mí una edad “simbólica”, porque fue a la que murió mi padre. De modo que ya no hay por qué no hablar de ello.
Desde hace cierto tiempo -hay supersticiones que superan al razonamiento- he temido la llegada de esta etapa. No son infrecuentes esas ideas, esas aprensiones. Conozco casos de más gente que desarrolla esa idea (como la mía, del todo infundada) de que, alcanzada la edad del fallecimiento de sus progenitores, lo que les resta de vida sería una suerte de regalo; un plus -quizá inmerecido- respecto al tiempo que aquellos disfrutaron.
Pero, más allá de esas supersticiones, da que pensar, se hace raro, descubrir que “de pronto” -no es así, sino muy lentamente– uno es mayor que su propio padre, de lo que él llegó a serlo nunca. Cuando escribo estas líneas, mi edad casi ya ha superado la que había alcanzado mi padre -Maximino- aquel fatídico 29 de abril de 1994. Y a uno se le formulan preguntas improcedentes y absurdas. ¿Por qué? Soy hijo suyo, ¿acaso merezco una vida más larga? ¿Qué le llevó a morir cuando, según la longevidad de nuestra época, era aún “joven” relativamente? Entonces uno hace repaso, en la medida de sus conocimientos, y se da cuenta de que su existencia fue mucho más dura y difícil que la propia.
De niño y de joven uno no sabe, o si sabe no calibra la magnitud del pasado que las personas más queridas y próximas llevan a cuestas. El mundo empieza con nosotros y lo anterior no nos atañe. Un padre es un padre (¡nada menos!); pero, pese a ello, tardamos muchísimo (normalmente, demasiado; de hecho: cuando hay muchas conversaciones pendientes que ya no se van a producir) en pararnos a pensar en lo que ya acarreaba antes de nuestro nacimiento.
Maximino, menor de dos hermanos, nació toledano (“bolo” en el argot) en el verano de 1934 -¡qué época!-, sufrió (al igual que cientos de miles de niños, como él) la Guerra, las carencias, el hambre, los bombardeos… Pasó gran parte de su infancia, adolescencia y primera juventud a caballo entre Madrid (donde su padre era oficial de Telégrafos) y Valmojado (su patria chica).
Funcionario de Aduanas desde 1959 -su gen hacendístico pervive en dos de sus hijos y en una nieta-, transitó por diversos destinos: Foz, Cartagena, Águilas o Verín; siendo en esa villa orensana, al conocer a Marichelo, mi madre -hoy devastada en vida por un inclemente alzheimer-, cuando su destino ya se unió para siempre a la tierra gallega; donde sus restos reposan desde hace ya 32 años.
Casados en 1962, tuvieron tres hijos: mis hermanos Elvira, Jesús y yo; en ese orden. A partir de ahí, sus puestos aduaneros ya siempre fueron en Galicia: Marín (cuya aduana visité recientemente, en un arrebato nostálgico), Pontevedra y Vigo; donde murió siendo el Administrador. Su fallecimiento temprano le privó de muchas satisfacciones vitales que merecía haber disfrutado: las bodas de dos de sus hijos, el nacimiento y crecimiento de sus nietos (no llegó a conocer a ninguno), el aprobado en la oposición de su hijo Jesús, su propia jubilación; tantas y tantas vivencias…
A nosotros, sus hijos, nos quedan muchas cosas (aunque su ausencia temprana hace que parezcan pocas): su ejemplo, su personalidad, su rectitud, su tesón, su integridad, su espíritu de trabajo, su amor por la familia, … Y todo ello, aún lo vemos reflejado cuando alguien -cada vez menos, la vida- nos vincula con él: “¡eres hijo de Maximino!”.
Y ahora que ya soy mayor que él, muchas noches pienso que se merecía vivir más tiempo que yo, y que nada puedo hacer al respecto. Qué extraño es todo.
#ciudadaNOsúbdito
***
“(…) es bajo la mirada de los hijos cuando por primera vez en mi vida he encontrado un motivo para tratar siempre de ser el mejor tipo que pueda haber en mí. Los aciertos de mi edad son, por tanto, obra suya, como si ellos ahora me hubieran soltado la bicicleta”.David Gistau (“Las rueditas traseras”; XL Semanal, 11/1/2015).



Gracias, Javier, por el entrañable recuerdo de tu padre que me ha hecho recordar al mío. Tarde o temprano seremos recuerdo de nuestros hijos que se irá difuminando con nuestros nietos y que prácticamente desaparecerá con nuestros biznietos (ley de vida), al igual que nosotros hemos dejado de recordar a nuestros abuelos y no te digo a nuestros bisabuelos. Sin embargo, el artículo en memoria de tu padre siempre estará presente y lo podrán leer los hijos de tus hijos y también, de paso, los artículos con los que nos deleitas. Un abrazo.
Muchísimas gracias, siempre, a ti, Ricardo. Pues sí, tienes razón: tener hijos, plantar árboles y escribir (libro, artículos, …) es lo que aquí dejaremos, trascendiéndonos. Un abrazo.
Javier, enhorabuena por tan entrañable panegírico que, en mi caso, ya lo sabes, no puede tener más efecto que moverme a la melancolía -hacia el pasado- y al descreimiento -presente y futuro-. Un abrazo grande. Esaú