Dietario del 720 (V): Perogrullades valencianes

No debía ser fácil ya entonces encontrarme en el despacho un viernes por la tarde. El caso es que ese viernes, 18 de octubre de 2019, me encontraba en la oficina, supongo que “matando temas” para irme tranquilo el fin de semana.

Me habían dejado la nota de una llamada por la mañana. No ponía ni que fuera urgente, ni daba mayor información que un número de teléfono y un nombre: Roberto. Descolgué el teléfono fijo del despacho y llamé al móvil en cuestión y a la persona que me atendió, agradable y cercana hasta un punto inexplicable, se le percibía perfectamente una palpitante ansiedad.

Se trataba de dos hermanos que habían heredado unos fondos de no muy elevada cuantía en una cuenta en Andorra que su difunto y querido padre no tenía declarada. Todas las penas del infierno se les habían venido encima pues no solo les habían abierto un procedimiento de inspección, sino que el asesor que se lo llevaba -por más señas, un catedrático recientemente fallecido, especialista en estafar a incautos- les daba malísimas noticias y, para más inri, los activos bancarios se habían ido al traste por mala gestión de la entidad de crédito. Es decir, entre los astronómicos honorarios cobrados en efectivo -y parece que, habitualmente, en batín en habitaciones de hoteles lujosos- por el representante y el batacazo de los fondos, no tenían apenas dinero ni para pagar lo que les pidiera el inspector. No era gente adinerada.

Las PERogrULLadaS que me contaban sobre las actuaciones procesales llevadas a cabo en el seno del procedimiento inquisitivo no me cuadraban. Lo único que pude hacer en ese momento fue transmitirle a mi querido amigo tranquilidad y confianza, más todavía al saber que en el equipo de inspección, de la delegación de Valencia, estaba el bueno de Jesús, al que ya conocía y con el que tenía una excelente relación.

El lunes siguiente hablé con dicho actuario, sorprendido porque en ese momento pensaba ir a por todas en ese expediente, ya que el malintencionado asesor no había aportado ni un papel en los seis meses que habían transcurrido desde el inicio del procedimiento. Fue un alivio también para él encontrarme al otro lado del teléfono, creo, así que le pedí una semanita para aportarle toda la información bancaria que necesitaba y le envié un correo planteándole una comparecencia en un par de semanas.

En paralelo, como el banco en el que tenían depositados los ahorros los hermanos era también cliente y proveedor de clientes de mi firma, hablé con uno de sus directivos para ver si podían arreglar de alguna manera el problema financiero generado y, efectivamente, así lo hicieron, asumiendo su parte de responsabilidad en el despropósito voluntaria y decididamente.

La inspección acabó formalmente mal porque, en ese momento, era imposible que finalizara de otra manera. Ahora bien, como me ha ocurrido siempre que he tenido a Jesús delante, no se hizo leña del árbol caído, y asumió como lo más natural que firmara en disconformidad para pelearme mediante los oportunos recursos. Muchas veces pienso en la pérdida de recursos que supone defender a ultranza, años y años, lo indefendible jurídicamente. En este caso, mucho tiempo dedicado en exclusiva a dictar liquidaciones que, con el tiempo, iban a ser anuladas.

No hizo falta aquí ni siquiera llegar a un tribunal de justicia porque la beatífica STJUE de 27/1/22 llegó antes de que resolviera el TEAR de Valencia, estimando nuestras alegaciones y devolviendo la pasta con intereses, unos 3 años después de conocer a Roberto y a su hermana.

Cumplí con los objetivos, ayudando con ello a dos personas humildes, normales, que se encontraban no solo frente a la potencia de una apisonadora administrativa sino ante las malas artes de un delincuente profesional o profesional delincuente, cosa que me confirmó posteriormente una pareja de ancianos a los que el mismo sujeto había presuntamente sustraído cantidades elevadísimas de dinero mediante inversiones ficticias y préstamos sin retorno.

Desde entonces, sería un pecado para mí pisar Valencia sin avisar a Roberto, con el que me pego auténticos homenajes culinarios en locales inverosímiles de pueblos de los alrededores de la ciudad del Turia. Pero no solo eso. Hablando de piedad, Roberto y Cristina se han convertido en mis ángeles de la guarda puesto que, además de nutrirme de naranjas cada Navidad, rezan por mí todos los viernes, en conmemoración de ese día en el que les supo a gloria que les devolviera, desacostumbradamente, una llamada.

Publicado hoy, viernes, 20 de marzo de 2026, en Iuris & Lex, la revista jurídica de elEconomista.

 

 

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