Viena es una ciudad fascinante. O, al menos, eso era lo que pensaba Miloš mientras deambulaba por sus calles.
Fascinante por sus contradicciones. Le resultaba paradójica. Una ciudad próspera y majestuosa, y al mismo tiempo, una trampa de infelicidad. Era la metrópoli de las pulsiones enfrentadas, donde las pasiones más desbordantes coexisten con el viejo rigor imperial. Miloš veía en sus habitantes un conflicto constante: germanos y bárbaros en su genética, pero con un anhelo insatisfecho de la algarabía y el bienvivir latino. Aunque soñaban con el caos mediterráneo, sólo sabían sobrevivir bajo el orden y la disciplina. De aquella bruma existencial, reflexionaba Miloš, no podía surgir otra cosa que oscuras figuras como el renombrado Freud, cuyo éxito en desentrañar las sombras del alma parecía irónico en un mundo repleto de ellas.
Dos décadas después de la caída del Imperio, Viena aún no había encontrado su destino. Conservaba su elegancia barroca, como una anciana que se niega a desprenderse de las joyas de tiempos mejores. Sin embargo, la vieja dama estaba sola. Miloš percibía una urbe desorientada, confundida. Los palacios y sus bellos edificios imperiales permanecían lánguidos y fríos. Strauss ya no sonaba. Los valses se habían sustituido por la épica de Wagner y las sinfonías de Beethoven. El negro había reemplazado al blanco nobiliario, y no sólo en las banderas.
Era diciembre, víspera de Navidad. Por primera vez, Viena ya no era capital; se había convertido en un suburbio del Reich. Enfervorizados, muchos de sus habitantes habían renunciado a su grandeza y tradición para abrazar una barbarie moderna, mientras otros se encerraban en su melancolía y la cobardía. Viena había dejado de ser un destino para convertirse en un punto de partida. Sin embargo, Miloš había llegado semanas atrás.
Oriundo de la bella Trieste y de incierto origen, Miloš era una de esas almas perdidas que transitaban las calles como sombras. Había llegado buscando refugio o quizás un propósito. Pero la ciudad se había cerrado en sí misma y apenas quedaban puertas para nuevos habitantes. Vagaba sin rumbo, cargando su soledad como quien lleva un saco de carbón.
Miloš se encaminó al mercadillo de la Maria-Theresien-Platz con la esperanza de calentarse al abrigo de la muchedumbre y, por supuesto, en el Punsch.
El Punsch no era una bebida cualquiera. Era Viena en sí misma. Dulce y ardiente. Su inocencia navideña confortaba los dedos y animaba el espíritu. Sin embargo, tras su paso por garganta, abría las puertas a la inconsciencia y la desmemoria.
Los copos de nieve caían pesadamente y se posaban con suavidad. La estatua de María Teresa, inmensa y solemne, aún dominaba la plaza, pero ya nadie la contemplaba. Las farolas y los farolillos de los puestos apenas proyectaban una luz tenue, suficiente para no colisionar y apropiada para evitar miradas.
Miloš se hizo un hueco entre los clientes de un tenducho. Muchos se arracimaban buscando consuelo temporal. Miloš tenía monedas para una primera taza y confiaba en la generosidad de otros para las siguientes. Tras el primer sorbo, el calor reconfortante le devolvió algo de humanidad. La segunda y tercera tazas lo hicieron partícipe de la camaradería con otros desconocidos. Pero con la cuarta y quinta, los pensamientos se tornaron pesados, y su paso, tambaleante.
Dejó la plaza en dirección al Burggarten, bordeando el antiguo palacio imperial de Hofburg. Sus pasos resonaban sobre los adoquines helados, perturbando el gélido silencio. Dando tumbos, pasó por delante de la Albertina y se detuvo ante sus puertas. Vio los emblemas y banderolas que mancillaban su fachada. En un atisbo de lucidez, recobró la conciencia de la oscuridad que lo rodeaba.

En la Kärntner Straße, al ver la gran avenida y escuchar el eco metálico de las botas uniformadas, decidió no seguir. Prefirió las calles más estrechas y sombrías. Entre bandazos y vaivenes, llegó a una gran confluencia. La Schwarzenbergplatz.
En otro tiempo fue un hervidero humano, un punto de encuentro. Sin embargo, ahora era un paraje desolado bajo la estatua ecuestre Karl Philipp Schwarzenberg. Mientras se resguardaba en un soportal, observaba. Algunos coches y monturas circulaban. Las pocas figuras que atravesaban la plaza lo hacían con rapidez.
Al fondo de la Schwarzenbergplatz, a la izquierda, se intuía una avenida desierta y pequeñas luces que invitaban a acercarse. No sabía qué le había llevado a decidirse por ello. Tampoco tenía claro qué hacía en Viena. Al fin y al cabo, era un errante más.
El calor del Punsch ya lo había abandonado y sentía la pesadez de su soledad y el ardor de su estómago. Bordeando los muros del viejo palacio de Belvedere, a media Rennweg, pensó en recogerse ante un magnífico portal con puertas y verjas de hierro. El viento había empezado a soplar y resultaba penoso seguir en pie. Aterido y tembloroso, resbaló y cayó abruptamente contra la verja. El golpe sonó violento en la noche. Miloš se derrumbó.
Al poco, las puertas se entreabrieron. De su interior, una silueta esbelta lo agarró y lo arrastró hacia adentro, atrancando de nuevo sin ruido. Con pasos presurosos, crujiendo la nieve, lo condujo a través de un patio hasta una puerta grande de madera. Mientras, unas campanas tañeron. Miloš las contó. Diez campanadas. “Todavía no me ha llegado el Juicio Final” pensó.
Tras el crujido de la puerta de madera, apareció una monja. La luz oscilante detrás de ella le confería un aspecto etéreo. La figura empujó a Miloš hacia el interior y las puertas se cerraron tras él.
Miloš recobró algo de compostura. Era una pequeña iglesia, modesta pero noble. Las paredes de piedra rojiza, solemnes y robustas, apenas tenían ventanales. Su interior, iluminado por velas, irradiaba una calidez sencilla. Dos hileras de bancas marcaban el camino al altar. Mientras miraba alrededor, lo acompañaron hasta una banca y lo ayudan a sentarse.
Sus benefactores se retiran sin decir nada, perdiéndose tras una portezuela en el lateral izquierdo de la nave.
Pero no estaba solo. En la penumbra distinguía formas y rostros, pequeñas figuras agrupadas bajo un mismo techo. No parecen fieles al uso, sino sombras refugiadas del frío y la intemperie. Susurros, toses y alguna respiración entrecortada rompen el silencio. Las llamas de las velas danzan suavemente. Parecían pequeños ángeles que custodiaban el espacio y ofrecían algo de amparo en aquella noche desolada. Sus destellos se reflejaban sobre la piedra de las paredes y columnas.
La portezuela volvió a abrirse. Su benefactor aparece con una vasija caliente entre sus manos. Un hombre de otra era. Esbelto y elegante, su rostro, marcado por las arrugas y el cansancio, parecía tallado en mármol, pero sus ojos refulgían. Sus gestos eran precisos y medidos, propios de quien había sido forjado en un método riguroso.
—¿Cómo te sientes? —preguntó, acercándole la vasija con cuidado.
—Mejor… creo. Gracias. —Miloš trató de enderezarse, pero el cuerpo le dolía como si hubiera cargado sacos de harina durante días.
—No me lo agradezcas. No hice más que lo mínimo. En otros tiempos, esto no habría sido nada extraordinario —dijo con una voz cargada de amargura que no trató de disimular. —¿Cómo te llamas?
—Miloš.
—Pues bien, Miloš, bebe esto y reposa.
Friedrich, como se presentó después, hizo ademán de marcharse, pero Miloš sintió la necesidad de retenerlo.
—¿Quién sois? ¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí?
—Mi nombre es Friedrich. Esta es la iglesia del convento de las salesianas. En cuanto a tu última pregunta, no soy yo quien pueda contestar. Para encontrar una respuesta, deberás buscar en tu interior, más allá de tus perjudicadas entrañas.
Friedrich había sido funcionario del extinto Imperio Austrohúngaro, recaudador de impuestos en los tiempos de Francisco José. De joven, había servido al viejo emperador con la precisión de un reloj suizo, convencido de que labor era una pieza indispensable en el gran engranaje del orden imperial. Pero con el advenimiento de la República, el caos asoló su existencia. No con el estruendo de las revoluciones, sino con la erosión lenta y silenciosa de los ideales que lo habían sostenido.
Aunque logró mantener su posición en la Administración, era visto con recelo. No era un hombre viejo, pero lo consideraban un vestigio del pasado, un residuo incómodo. Hombre de orden, Friedrich seguía creyendo en la Ley, convencido de que cumplirla y hacerla cumplir podría traer paz y prosperidad. Pero esa fe, se quebró cuando se dio cuenta de que las leyes ya no eran pilares inmutables, sino banderas que cambiaban con el clamor de las calles.
Lejos de traer estabilidad, la sociedad era una caldera de emociones y sinrazones. Sin embargo, su trabajo había continuado sin grandes cambios: debía recaudar impuestos. Siempre impuestos. Daba igual quién ocupara el poder; todos exigían lo mismo. Más y más dinero, como si el peso del papel moneda pudiera sostener un Estado que se desmorona.
Friedrich hablaba con una mezcla de resignación y amargura contenida. Pero Miloš permanecía en silencio, como si intentara ordenar los fragmentos dispersos de su propia historia. Finalmente, las palabras brotaron de sus labios, al principio torpes, pero luego con una fluidez incontenible.
—Llevo años vagando… —comenzó con voz rota. —Nací en Trieste, hijo de un oficial del imperio. Cuando todo se derrumbó, mi familia quedó relegada al olvido, en una tierra que no los reconocía. Mi padre falleció siendo yo niño y perdimos el sustento. Mi madre y yo tratamos de seguir en Eslovenia, sin embargo, seguíamos siendo vistos como extraños. Pasamos unos años en Sipolje, una aldea a la que nadie pertenecía. Finalmente, nos unimos a unos zíngaros para sobrevivir. Recorrimos las montañas y los pueblos desde Innsbruck hasta Graz. Tras la muerte de mi madre, vine a la Gran Viena, con la esperanza de encontrar alguna oportunidad y respuesta. Pero aquí estoy… sin un pasado, sin arraigo, sin un presente que me sostenga y sin futuro que me levante mañana.
Miloš calló. Bajó la cabeza y una lagrima rodeó su mejilla hasta caer sobre la solapa de su abrigo desgastado.

«Natividad» de Antonio Pellegrini, en el presbiterio de la Salesianerinnenkirche de Viena.
Friedrich no dijo nada. Había escuchado atentamente. Se levantó y recorrió la nave dando pequeñas y breves indicaciones a cada uno de los grupos que había en los bancos. Conversaciones apagadas, frases concisas, pequeños gestos de cercanía y amistad. Mientras, del enrejado lateral surgió una religiosa, se dirigió al altar y encendió unas candelas que rodeaban al Nacimiento. Las figuras de barro parecían cobrar vida bajo el titilar constante de las llamas.
Friedrich se arrodilló ante el altar, y tras unos instantes, regresó junto a Miloš.
—Yo también llevo años vagando. —Suspiró e inspiró gravemente. —Quizás no de la misma forma que lo has hecho tú, pero, he experimentado esa sensación de vivir sin un propósito propio, rodeado de ajenos. Soy un hombre abandonado por los tiempos. Serví a un imperio que ya no existe. Recaudaba impuestos para un edificio en ruinas. Y ahora, bajo este nuevo régimen, no soy más que un viejo inútil. Pensaba que mi servicio tenía un fin loable, que había algo de grandeza en mi desempeño. Sin embargo, todos mis esfuerzos no eran más que alimento para la codicia y ambición de unos pocos. Bien sea la familia imperial, cargada de miserias personales tras su majestuosa fachada, como los sucesivos gobiernos del pueblo, obsesionados en encender fuegos en la convivencia para mantenerse en el poder.
Miloš lo escuchaba, absorto. La voz de Friedrich tenía un peso que le resultaba familiar, como si hablara desde el fondo de su propia alma.
— Siempre esperando que el próximo amo sea mejor. Pero nunca cambia nada. Con la llegada de Von Schuschnigg decidí que no pensaba arrodillarme ni dar tributo más que a aquel Niño. —Señaló al altar, donde las velas iluminaban al pequeño Jesús en el pesebre. —Ahora recojo personas, no dinero. Las traigo aquí y, con las hermanas, les damos caldo y algo de abrigo. Es mi gran servicio.
Miloš miró las manos de aquel noble oficial, nudosas pero firmes, y sintió una profunda admiración.
—Es la triste y hermosa historia de todos los pequeños. Siempre sirviendo, siempre esperando. Pero te diré algo, muchacho. No hay tributo más grande que ofrecer algo de esperanza en medio de este caos y brutalidad. No sé cuánto más podrá soportar este mundo.
—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó Miloš, como quien espera que esa pregunta pudiera redimirlos a ambos.
Friedrich lo miró con intensidad, como si quisiera transmitirle algo más allá de las palabras.
—Tal vez solo podamos sobrevivir. Debemos hacerlo. Si alguna vez tienes la oportunidad de construir algo nuevo, hazlo. No por ti, sino por los que vendrán después. Mira al Niño, Miloš. Él no vino por gloria propia, sino para traer esperanza. Es lo que tienes y lo que puedes dar. Quizás, entonces, hagamos de este mundo más digno para quienes lo habitan.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Afuera, las campanas comenzaron a tañer. Doce golpes resonaron en la noche. Miloš, todavía débil pero con el corazón ardiendo, se arrodilló junto a Friedrich. Por primera vez en años, sintió un renacer. Una luz brotaba en su interior y danzaba en su penumbra.
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