El día había empezado bien; incluso muy bien. Tras una noche de sueño reparador, amanecí descansado y presto para abordar mis deberes matinales: gimnasia, necesidades fisiológicas básicas, aseo, desayuno y lectura de prensa… Al salir a la calle, el sol (todavía oculto) ya irradiaba algo de luz en el horizonte, dejando entrever que el día sería limpio y luminoso; no era poco tras dos meses bajo el diluvio.
La jornada, además, tenía -en la gráfica terminología del gran Alfonso del Castillo- “una bola extra” en forma de entradas para asistir in situ a un partido de fútbol de competición europea… No soy precisamente un hooligan (de hecho, como blanco, hetero y, por tanto, fascista que soy, me inclino más por los toros), pero siempre disfruto mucho cuando veo un partido en el estadio. Así pues, ¿qué podía salir mal?
Dejé a mi hijo pequeño en los aledaños de su colegio, y me dirigí a la Universidad (donde tenía que presentar un simple escrito), con el tiempo justo como para llegar a las 8:30 (hora de apertura del registro, según información telefónica del día anterior), hacer esa simple gestión, e irme al despacho. Perfecto: “entrar y salir”, que diría un ladrón de medio pelo explicando a sus compinches un atraco a una joyería de barrio donde todo termina saliendo mal… (by the way: no se pierdan «Antes que el diablo sepa que has muerto»; una película entretenidísima).
Camino de la Universidad -apenas un trayecto de 15´-, el coche me lanzó un aviso: “se requiere cambio de aceite” (mi coche, que durante la primera década de nuestra relación apenas me dirigió una palabra -ya saben, el secreto de los buenos matrimonios-, de un tiempo para acá no hace más que enviarme mensajes; como no creo que se sienta solo, me inclino por pensar que debe de ser cosa de la “obsolescencia programada”). Debí interpretarlo como lo que en realidad era: una “señal”, una del todo bienintencionada “advertencia” de que no me confiara; que pese a todas las apariencias apacibles que me rodeaban, una nube muy negra ya se cernía sobre mi cabeza. Como siempre, no le hice caso y, claro, luego pasa lo que pasa.
El campus intenta emular (otra cosa es que lo logre; ya se lo digo yo: no) a los de las universidades americanas: mucho césped, árboles, caminos, sendas, laberínticas carreteras… Pero todo ello sin apenas indicaciones; como si al salir de mi casa hubiera una señal que, ya en el primer cruce, me indicara la dirección a Pekin (9.500 kms) y ya nunca más volviera a darme orientación alguna. En fin, un lío ya para encontrar la Facultad de Derecho.
Tras no pocas vueltas, logré entrar en el edificio acertado (que no en la Facultad; un misterio dentro de un enigma); y, tras preguntar un par de veces, logré llegar a la ventanilla de Conserjería donde, de toda la vida de Dios, ha estado el registro para la presentación de escritos de todo pelaje.
El inmenso reloj que presidía el vestíbulo marcaba las 8:30. “Perfecto”, me dije; “¡esto marcha!”.
¡¡¡Error!!!!
.- “No, aquí en Recepción (me dice una funcionaria que tiene sobre su cabeza un inmenso cartel de “Conserjería”) no hay registro. Yo de Usted (apréciese la elevada seguridad con la que mi interlocutora me aconsejaba algo) iría a la Secretaría de Alumnado; a ver si allí”.
¿”Secretaría de Alumnado”? Me pregunté…; tal parece casi un oxímoron, debe de ser cosa del empoderamiento generacional. En mi época universitaria (el siglo pasado, claro), había “Secretaría” (a secas), y, como mucho, imagino que quizá el Decanato contaría -también- con su propia “Secretaría”.
En fin, sigo pero no sin problemas, al tener que desplazarme del Bloque A al B; todo muy intuitivo, como bien se podrán imaginar. En esas vueltas y revueltas pasé -varias veces- por una biblioteca del todo crowded…
.- “No, aquí no hay registro. Vaya a probar (nuevamente una certeza absoluta en la sugerencia) al Decanato”.
Nuevo periplo por otros “Bloques”, escaleras arriba y abajo hasta que aterrizo en el Decanato. Un erial: una estancia enorme, del todo desangelada donde habitaba un único personaje que, a modo de “amo del calabozo”, me espetó un genuinamente funcionarial “¿y, Usted?”.
.- “Vengo de Conserjería y del Secretariado de Alumnado hasta aquí, buscando el registro de la Facultad”.
.- “¿Registro?”
.- “Sí, el registro de toda la vida, para presentar un escrito…”
.- “¿Acerca de…?”
Relato brevemente el asunto siendo plena y masocamente consciente de que esa información es del todo irrelevante: en mi otra vida, en los años 90 (por ejemplo), en un registro podías presentar lo que te diera la real gana y el país no se venía abajo (entonces, claro).
.- “Para eso va a tener que ir a la Gerencia…”
.- “¿A la Gerencia de la Facultad…?” (ni flowers de qué puede ser eso)
.- “No, no… (me dedica generosamente una mueca de condescendencia, perdonándome la vida por mi oceánico analfabetismo acerca de los entresijos y vericuetos universitarios): Gerencia de la Universidad”.
.- “¿Y eso, dónde está?”
.- “Muy fácil: al lado del centro comercial”
.- “No sé donde está el centro comercial”.
.- “Pues más allá del comedor universitario…”
.- “Verá. Le explico: ésta no es mi universidad. He venido aquí, de visita, alguna vez…, la última quizá hará unos cinco años y no me ubico. Me pierdo y, además, no hay señales”.
.- “Pero si no tiene pérdida: está enfrente del Rectorado”
Obviamente ya habíamos entrado en bucle, contaminados por la patología típica de esos personajes del todo incapaces -creo que tienen un gen averiado, algo del ADN- de entender que no sabes nada, que es como si él estuviera en Vladivostok y le dijeran que la calle que busca está mismamente al lado del monumento a la “revolución de octubre” que, obviamente, todo el mundo conoce… ¡Qué cruz!
Bueno, con no poco esfuerzo logré que me indicara en GoogleMaps donde estaba el edificio de la tal Gerencia. Aunque tuve mis dudas, opté por coger el coche (perdido en el laberinto de senderos peatonales, incluso me costó regresar al aparcamiento donde lo había dejado) y, con la supuesta ayuda del navegador del móvil (con una bajísima cobertura), intenté orientarme… Rotondas y más rotondas que tomé al mejor Mr. Bean style (¿o quizá era el ínclito -y hoy del todo políticamente incorrecto- Benny Hill?; i.e.: girando 360º compulsivamente hasta que me decidía a tomar una de las muchas salidas que se me ofrecían), hasta que intuí que una mole al mejor North Korean sytle debía de ser donde habita la Gerencia.
Aún así, no teniéndolas todas conmigo, ya a pie, abordé (en el buen sentido del término, ¡por Dios!) a una viandante anillada (sí, es un detalle meramente descriptivo: llevaba una anilla que le salía por sus fosas nasales), inquiriéndole si el edificio ante nosotros era mi ansiado Shangrila; su respuesta me dejó del todo desubicado: “no, ese edificio de ahí es la fonoteca” (sic). Preferí no abundar en ese palabro y me concentré otra vez en GoogleMaps, cada vez más nebuloso por la baja cobertura hasta que… ¡bingo! La Gerencia apareció ante mí.
Crucé el umbral de su puerta y ya advertí que en el propio vestíbulo, a la derecha, había un amplio mostrador presidido por un tranquilizador letrero: REGISTRO.
En ese momento me sentí teletransportado a hace 30 años, cuando todavía muchas cosas funcionaban medianamente bien, pero un grito desgarrador me despertó de mi ensoñación:
.- “¿Quería algo?” (nunca he entendido esa conjugación en pasado: es presente y es, por tanto, ahora, cuando “quiero” algo).
.- “Sí, por favor, vengo a presentar un escrito”.
.- “Espere que aviso” (mientras yo me preguntaba ”¿a quién?”, si esa servidora pública era el único ser humano en todo lo que mi vista alcanzaba a divisar).
Acto seguido descolgó el teléfono y avisó a alguien acerca de mi presencia allí. Miré el reloj: ya eran las 9:10; a estas alturas ya era evidente que lo de “entrar y salir” era una quimera, una mera ensoñación como la del propio Tejero en la Carrera de San Jerónimo. Tras unos minutos de “grillos” (quizá en alguna dependencia administrativa de la época dorada de la era soviética hubiera habido más carga de trabajo y riesgo de stress que en esta oficina universitaria), finalmente apareció una mujer… (bueno, perdón por mi atrevimiento al prejuzgarla: alguien con aparente aspecto de mujer, con independencia de que se autoperciba -o no- como tal).
En este punto, yo aún no era consciente de que lo peor todavía estaba por llegar.
.- “Buenos días, dígame”
.- “Vengo a presentar este escrito; me basta con que me selle esta copia…”
.- “¡Uy, no! Aquí ya no sellamos… De momento, por favor, vaya cubriendo los datos de este formulario”
Cojo el formulario y lo observo: datos identificativos (nombre, apellidos, DNI, domicilio, código postal, localidad, provincia, …), motivo de su solicitud, asunto, dependencia a la que se dirige…
.- “Mire, perdone…”
.- “Dígame”
.- “Todos los datos a cumplimentar en el formulario son, precisamente, los que expongo en mi escrito; también el asunto, la dependencia, mi petición…”
.- “Rellene el formulario” (juro que sonó como si acabara de salir de la academia militar prusiana).
.- “Creo que en 1990 todo era más sencillo”
.- “Jajajaja… ¡Qué gracioso es Usted! Pero estamos en 2026, lo sabe, ¿no?”
.- “(…)”
Relleno, con mi patética caligrafía el formulario.
Al poco rato, algunos de los documentos adjuntos a mi escrito son el origen de un nuevo escollo ante el insufrible trámite del escáner:
.- “Aquí hay documentos duplicados…”
.- “No”
.- “Como están duplicados, le voy a escanear solo uno de cada”
.- “Que no están duplicados: se parecen unos a otros pero -pese a ello- son distintos, y todos importantes…”
En este momento, siento que me falta un poco el aire y veo que necesito el comodín de la llamada (aquí en forma de wsp), así que envío un mensaje a un pariente con responsabilidades universitarias: “estoy en una universidad intentando -no te garantizo que lo logre- presentar un escrito”; a lo que me responde presto y veloz con un “la Universidad es la administración más patética de todas…”. En tal caso no hay más preguntas, Señoría.
.- “Deme su DNI, por favor…”
.- “¿Perdón?”
.- “Su DNI”
.- “¿Por?”
.- “Lea ese cartel, ahí, a su lado…” (los genes prusianos afloraron de nuevo).
Vaya, curiosa interpretación ésta del artículo 9.1 LPACAAPP que, según me ilustró mi meu Esaú, ya habría sido oportunamente arrumbada por los argumentos de la STC 113/2006 de 5/4 (y eso aunque allí la nuclear cuestión controvertida fuera otra); pero eso qué más dará: el cartel dice que hay que presentar el DNI y eso, aquí, es LEY. En la boutade de esa denominación de “Oficina de asistencia en materia de registro” ya casi prefiero no entrar: por alguna insondable razón me suena similar a eso de “Director del Gabinete del Director del Gabinete”… ¡País!
Paréntesis: cuando me hacen una prueba médica, según ya cruzo la puerta del hospital, me confieso del todo rendido a la causa: “despelótese”, lo hago; “vaya a orinar”, voy; “no orine”, no voy; “túmbese”, me tumbo; “póngase en cuclillas” (es un decir), me pongo… Quizá sea ésa, también, la actitud con la que ahora haya que afrontar cualquier visita a una dependencia administrativa: “haga el pino”, “¿por?”, “¡que haga el pino, coño!” (Tejero again). Cierro paréntesis.
En fin, entrego mi DNI mientras, en el mundo paralelo de X -otrora Twitter-, logro desatar una minitormenta en un vaso de agua sobre esta obligación impostada de aportar el DNI simplemente para que en un registro público te recojan un escrito (la muerte de las empresas de mensajería, I understand).
.- “Si quiere que la Universidad se comunique con Usted por correo-e, me tiene que dar una dirección electrónica…”
.- “No sólo no quiero; es que quiero lo contrario: que se dirija a mí única y exclusivamente por correo físico, analógico, a través de cartero (y, a poder ser, encarnado en una persona física, por favor, y no un avatar)”
.- “Perfecto; está Usted en su derecho”
¿Por qué será que siempre que alguien me dice esa frase hecha recuerdo a Jack Lemmon en “Desaparecido” (1982), interpretando al padre de Charles Hoffman, asesinado en los primeros compases del golpe de Pinochet (1973), espetándole al Secretario de ¡¡¡su!!! embajada en Santiago de Chile que les iba a denunciar a todos… El Secretario, redundantemente diplomático, le responde que “es su derecho”; a lo que él replica “¡¡¡no, es mi privilegio!!! Afortunadamente, en mi país, aún se puede emplumar a personajes como Usted”. Sigamos.
.- “(…)”
.- “Andá; pues sin poner una dirección de correo-e el sistema no me deja avanzar en el registro del escrito…”
.- “Tome esta tarjeta y, por favor, copie esa dirección electrónica que viene al pie…” (en este punto, me acuerdo de Javier de la Cueva; uno de esos héroes contemporáneos sin capa entre cuyos numerosos méritos atesora haber sido el artífice de la sentencia del Supremo del pasado 11/9 del ya célebre caso «Bosco», sobre el derecho a conocer los algoritmos que deciden nuestros derechos).
.- “Ya lo siento. Ya casi estoy acabando…”
.- “Gracias”
Salgo de la Gerencia.
Hace ya un buen rato que había llegado a la Facultad (“entrar y salir; fácil, sin tiros ni sangre”).
No sin cierto despiste, logro orientarme y encontrar mi coche. Me subo y arranco. El aviso, sigue ahí: “se requiere cambio de aceite”. ¡Y tanto! ¿Sólo aceite? Mucho me temo que hay que cambiar más cosas, muchas más cosas…
#ciudadaNOsúbdito
P.D.: Dos semanas después de haber «vomitado» este relato, el asunto que me llevó a ese kafkiano trámite universitario ya rompió aguas; siendo así que -ahora sí- ya puedo (es más: debo) dar cuenta de él.
El Máster de la Abogacía/Procuradoría de la Universidad de X había convocado una plaza docente relativa al Derecho Tributario, siendo así que, en tiempo y forma, me postulé para ella; y lo hice ante el Colegio de la Abogacía (ICA) de X pues, según su Junta de Gobierno, “las solicitudes presentadas serán puntuadas conforme al baremo (…) y las que obtengan la mayor puntuación serán propuestas por la Junta de Gobierno a la Comisión Académica del Máster de la Abogacía y Procuradoría a quién le corresponde la elección”.
Tiempo después, el ICA me dio traslado del resultado del proceso: habiendo empatado con otro candidato, se me descartó tras aplicar el elemento previsto para el desempate: (“mayor antigüedad en el Colegio de la Abogacía de X, en calidad de colegiado ejerciente residente”); un criterio donde -como bien puede apreciarse- lo que se prima es la endogamia, «ser de casa».
Con todo, un día me fui al propio ICA para solicitar -obviamente, por escrito- el expediente y, así, poder conocer los méritos del mejor valorado para tal responsabilidad. Ya tengo una edad como para no tener abuela; pero les confieso que esto es un tema 100% ajeno a la pasión abuelística: ya desde una perspectiva 100% objetiva, pongo la mano en el fuego de que mis méritos eran muy sensiblemente superiores, en todos y cada uno de los ámbitos baremados. ¡¡¡Pero!!!! el quiz de la cuestión era que el baremo tenía un tope de puntos y los dos aspirantes lo alcanzábamos, siendo así que lo que hubiera sido bastante para haber inclinado la balanza a mi favor ya quedaba 100% extramuros de los encorsetados criterios de valoración. Así las cosas, entraba en juego la endogámica «break rule» del tiempo adscrito a ese concreto ICA… Como guinda del pastel: en el formulario de la solicitud de la plaza se incluía un apartado específico de «otros méritos (a cumplimentar libremente por el solicitante)”, pero ese «cajón de sastre» no estaba baremado… ¿para qué, pues, se incluía (quizá para dirimir el del todo improbable caso de que compitieran dos candidatos que se hubieran colegiado exactamente el mismo día y, en su caso, a la misma hora)? Me alegra que me haga esa pregunta: ¿Who knows?
Sigamos. Recordando que, siempre según la Junta de Gobierno del ICA, la competente para la elección del candidato era la Comisión Académica, me personé en la Universidad (sí, ése era el trámite que me llevó allí aquella infausta mañana) al objeto de presentar un escrito dando cuenta de mis méritos, pues me temía que allí quizá sólo hubiera llegado la fría puntuación resultante del baremo y no la trastienda detallada que subyacía bajo esa nota, y como era esa Comisión -y no el ICA- quien hacía la elección, me dije: «¿qué tengo que perder si es que esa Comisión cuenta con cierto grado de discrecionalidad para su decisión?»…
Kafka reapareció -una vez más- en mi vida cuando, tiempo después, recibo un certificado del Acuerdo adoptado por la tal Comisión Académica mediante el que se me da cuenta de que, en relación a mi escrito, no pueden entrar a valorar mi condición de aspirante «porque la Comisión Académica del Máster carece de competencia para la selección del profesorado, toda vez que únicamente es competente para (…) verificar que el profesor seleccionado por la Junta de Gobierno del ICA de X cumple con los requisitos legales para la designación del profesorado”.
Y así, mis queridos niños, termina este cuento que bien podría llevar por título «De cómo una institución pública nombra a un profesor sin que nadie lo haya elegido».
Colorín colorado.




