La noche de las ventanas encendidas

Era un 20 de diciembre de 1989. En aquel entonces, la bella y alegre Nagyvárad, ahogada entre complejos industriales y funcionales edificios residenciales, se había convertido en la gris Oradea. Una ciudad brumosa que parecía ocultarse de la luz del sol, sumiendo a sus habitantes en un letargo de indiferencia.

La cortina de neblina que caía sobre Oradea parecía alargar la noche. Amanecía como si el cielo, igualmente cansado, arrastrara consigo los últimos días del año.  

Mihai Ionescu se preparó para salir de su casa. La rutina lo llevaría hacia la sede de la Întreprinderea Chimică de Stat-SINTEZA, la principal fábrica de productos químicos orgánicos de la región y, seguramente, de toda Rumanía. Aunque era el director del centro, en realidad, no era más que otro servidor estatal más. Un eslabón de la cadena de mando. De él no se esperaba que pensase y guiase el desarrollo de la actividad, sino que ejecutase el programa para cumplir los objetivos marcados por el Partido. Su elección no respondía tanto a su talento como a su reconocimiento por su fiel entrega al servicio del Estado. Aún así, ahora, cumplidos los cincuenta, su fe en el sistema se debilitaba.

Vivía en los aledaños del Palacio del Águila Negra, en una antigua villa burguesa, bien acondicionada y confortable. Ahora bien, más que gozar de un privilegio, le atormentaba tener que residir en aquella hermosa vivienda. Por eso, había solicitado mudarse a otra más sencilla. Pero se le había denegado. Aquella era y debía ser la residencia del director de SINTEZA. El Estado no puede dedicar tiempo y recursos para atender los gustos y caprichos de sus servidores. Además, no sólo era necesario demostrar el poder del Partido, sino que, al concentrar en una reducida área la clase dirigente y los miembros más destacados de la comunidad, resultaría más difícil distanciarse de la lealtad y de la fidelidad debida.

A Mihai le dolía seguir habitando una morada que no era, de ninguna forma, suya. Se sentía un impostor. La casa conservaba la serena elegancia originaria, a pesar de que el escaso mantenimiento había hecho mella en la edificación y la decoración era relativamente austera y escasa. Al contemplar la belleza de los espacios y la luz, era consciente de algo incómodo: pese a su formación académica y la educación estatal, seguía siendo un bárbaro.

Los burgueses que la habían construido habían gozado de la dicha de pensarla y hacerla suya. Era fruto de aquel espíritu que ambicionaba crear algo perdurable y humano. Le parecía oír las conversaciones, el arrastrar de los vestidos y el crepitar del fuego. La caoba del marco de entrada al salón central presentaba marcas y rozaduras a distintas alturas, testimonios de biografías olvidadas. Sin embargo, él había llegado sin nada más que el dominio de la fuerza, sin alma ni una mínima voluntad de dejar alguna huella en la memoria. Por dejar, ni siquiera había dejado desperfecto alguno que probase que allí había habitado. Era un intruso en su propia habitación.

Nunca fue su hogar y nunca lo sería. Un año antes, Rózsa, su Rózsa, falleció. Y la plácida calidez dio paso a un silencio frío y ordinario.

Rózsa le había acompañado siempre, desde jóvenes, como si de una servidora fiel se tratase. Se fue y no llegó a conocer sus sentimientos y ambiciones. Tampoco él le había preguntado. No obstante, su ausencia le había abierto una herida supurante. A medida que se suceden los días, Mihai revive que los únicos instantes de gozo y felicidad que recuerda han sido siempre a su lado.

Cogió su desgastado abrigo de lana, como quien acepta una carga. Aunque ya tenía sus años, seguía luciendo y le permitía reafirmar su condición de distinguido servidor. Se lo echó sobre sus hombros y salió a la calle. Decidió que era un buen día para ir caminando hasta su oficina. Calculaba que le llevaría menos de una hora, tiempo suficiente para huir de aquella quietud.

Cruzado el río Crisul Repede, se adentró en la ciudad moderna. Edificios de varias alturas, prácticamente todos iguales. Colmenas proletarias, con amplias calles para que las vidas homogéneas se crucen con el menor contacto posible.

En lugar de seguir por el Bulevardul Dacia, prefirió seguir por una calle menos amplia, aunque igual de anodina. Mientras caminaba, Mihai percibía una calma más intensa de lo habitual. No escuchaba ninguna conversación ni gritos infantiles que le diese algo de esperanza en aquella trémula mañana. Por contra, los símbolos oficiales y la imagen del Conducător seguían impertérritos. Aunque a Mihai los percibía ya levemente manchados, deteriorados.

La tarde anterior, una comunicación urgente del Partido le conminaba a estar especialmente vigilante a cualquier acto de disensión en su fábrica. Por lo visto, a los alrededores de Cluj y alguna población más, se habían producido incidentes por culpa de un agitador, un tal Tökés. Un desleal y traidor, sin duda.

La carestía de los últimos meses había contribuido al descontento. Como única respuesta, el régimen había extremado la presión sobre la población. Esperaban que el vigor de los golpes y el atronador grito de la propaganda calmase el hambre y la desesperación.

Andando un rato, Mihai comenzaba a percatarse de que su abrigo lo delataba. A la vez que avanzaba, los rostros escondían sus miradas y los pasos se apresuraban. En esas, Mihai vio un pequeño tumulto. Tres hombres de la Securitate estaban rodeando a una familia, en las escaleras del edificio que daban a la calzada. Él reconoció la escena sin necesidad de conocer aún los detalles: el procedimiento administrativo de intimidación ordinaria.

Los vecinos callaban y evitaban mirar.

Al pie de la escalera y en el suelo, un niño, hecho un ovillo, se mesaba el cabello y se agitaba nervioso, a la vez que gritaba. Sus alaridos producían un eco angustioso que atravesaba el despertar matinal. Era un llanto diferente, repetitivo, casi mecánico, como si su voz intentara expulsar el miedo de su cuerpo. Mihai se estremeció como nunca lo había experimentado.

El jefe de los agentes, un tal Gica, un hombre de ojos vidriosos y un rostro cuarteado, apresaba al padre por el brazo. El hombre, aunque aterrado, trataba de interponerse entre el agente y el niño, encajando los golpes y los insultos. La madre, pálida y temblorosa, abrazaba a otros dos pequeños en lo alto de la escalera, mientras observaban la escena como si presenciaran algo demasiado grande para sus edades.

Mihai se acercó sin pensarlo. Sus pasos se adelantaron a su razón.

—¿Qué está sucediendo aquí? —preguntó, intentando mantener la voz firme.

Gica giró la cabeza despacio, como si no creyera lo que escuchaba. 

—Director Ionescu, buenos días. Los estamos disciplinando por haber desafiado el régimen y hacer burla del Estado.

—¿Qué han hecho?

— Como puede ver, se han tomado la licencia de exponer sus símbolos religiosos extranjeros, húngaros burgueses —dijo arrastrando las palabras—. Habían puesto esa steaua y encendido las velas en sus ventanas, para que todos lo vean.

La palabra “steaua” quedó flotando entre ambos como un fragmento de luz rota. Mientras tanto, el niño seguía desgañitándose: “Fény! Fény! Fény!” (¡Luz! en húngaro).

Entretanto, de los distintos portales y ventanas, tímidamente, los vecinos asomaban. Primero una cabeza, luego otra. Un murmullo crecía, caldero al fuego de una ciudad cansada de humillaciones diarias.

Mihai fijó su mirada, primero, en Gica y después, buscó los ojos de sus acólitos.

—Suficiente. Ya han dejado claro su autoridad. No es necesario continuar —su tono era bajo, pero seguro—. Retírense.

Gica, sorprendido por el desafío, frunció los labios.

—Director, tenga cuidado. Hay momentos en los que no conviene dudar.

—No tengo ninguna duda. Retírense —respondió mientras con su cabeza señalaba alrededor. Cada vez, había más observantes y menos temerosos.

El agente comprendió, apretó los dientes, dio una orden seca y los tres se retiraron, pero antes lanzó una advertencia:

—Esto no ha acabado aquí.

La calma posterior fue desgarradora. El niño, János, sollozaba calladamente. Su cuerpo se agitaba, adelante y atrás, con las manos apretadas contra las sienes. Mihai se acercó con cautela. El pequeño, sin comprender, se aferró a la lana del funcionario, como si aquella tela fuera un refugio y la acercó a su cara. Al poco, se relajó y exhibió su rostro, perfectamente esculpido y nítido, enmarcado en una maraña de pelos castaños. Sobresalían sus azules ojos pues no miraban sino que se perdían en la lontananza, como si buscasen desentrañar los misterios que los demás ignoramos.  

—Gracias… —murmuró el padre—. Yo… él es especial… no habla como los demás y nos cuesta entenderlo… —ahogado de la emoción, las lágrimas le caían. Suspiró y una esforzada bocanada de aire le permitió proseguir— Encontró una steaua y, por primera vez, en mucho tiempo, lo vimos tan emocionado que incluso nos habló, a su modo, para pedirnos colgarla y luces.

Mihai contempló la ventana —aquel hueco rectangular que debería haber enmarcado la luz del hogar y que ahora mostraba solo los dientes rotos del vidrio— y vio en los fragmentos de cartón pintado y en la cera aplastada algo más que el vandalismo rutinario de la Securitate: una representación simbólica del alma de un pueblo, fracturada y pisoteada. Las velas aplastadas en el suelo eran pequeños cadáveres de esperanza.

La Navidad, esa palabra casi clandestina, había sido clausurada.

—Vuelvan a su hogar —dijo Mihai. Y retomó su camino hacia la fábrica. Hogar, había dicho hogar. No se reconocía. Había utilizado un término extraño para él. Estaba confundido. Cada paso se sentía más pesado, como si arrastrase un fardo cada vez mayor.

La fábrica estatal SINTEZA era enorme, con techos altos, tubos de vapor, calderas, pasillos húmedos y olor permanente a químicos. Mihai llevaba años transitando por los viales y pasillos de la industria. Los trabajadores lo respetaban o le temían, aunque, en realidad era difícil saberlo, pues en un mundo donde lo único que importa es la obediencia, el afecto y la admiración eran sospechosos.

El ambiente estaba enrarecido. Los trabajadores se habían agolpado en el patio del complejo, sin más. No se escuchaban voces ni había movimientos, sólo eran un cúmulo de cuerpos que parecían resguardarse de la intemperie. En otro tiempo, Mihai hubiese intervenido. Sin embargo, ese día, sus pensamientos no estaban allí. Se limitaba a firmar documentos, sin leerlos. Oía informes sin atenderlos. Miraba la inmóvil cadena de producción con la misma distancia con la que uno examina su propio envejecimiento: sin sorpresa, sin rebeldía.

¿Había sido en algún momento Mihai Ionescu aparte del camarada Ionescu o el  director Ionescu? Había entregado su vida a unos ideales que solo le habían devuelto una vivienda inhóspita y palmadas en la espalda. Palmadas para recordarle a diario que todo era contingente. Su historia vital había sido un sueño ajeno. Las experiencias eran prestadas, pues todo lo que le había sucedido se lo debía, de alguna forma, al Partido y/o al Estado. Salvo Rózsa. Ella se lo había intentado decir a su manera. Pero él no la había escuchado, prefirió seguir disfrutando de la ensoñación, no tanto por propio convencimiento, sino por el temor de asumir una vida propia y hacerse responsable de su destino.

Rememoraba la escena con aquel niño incomprensible. Se sorprendía de sí mismo pues, por primera vez, había decidido por sí, había obrado desde su propio corazón, sin instrucciones ni consejos. Quizás lo único que necesitaba era abrir las puertas de su interior y atreverse a cruzar el umbral de su desconocimiento. Y eso, precisamente, le hizo recordar el viejo arcón de Rózsa.

Así que, antes de la hora, le pidió a Béla, su asistente, que ordenase que lo llevasen a su casa.

Una vez en el automóvil oficial, un Dacia 1310 negro que pretendía ser rutilante, inició su recorrido. Para Mihai, el orgullo nacional no era ni más ni menos que una escuálida carcasa de metal, con un volante esbelto y delicado que, en lugar de dar seguridad, avisaba de la fragilidad del devenir. Sólo el cuero de los asientos le diferenciaba del resto de los vehículos y, por tanto, del resto del pueblo, pero era lo suficientemente agradable y distinto para recordarle que era un favorecido.

El trayecto transcurrió afónico. El conductor, un joven de faz inexpresiva que había aprendido a no hacer preguntas, conducía con la eficiencia mecánica de quien ha sido entrenado para ser invisible. Mihai observaba por la ventanilla las calles de Oradea desfilar como un decorado teatral: edificios monótonos, parques sin flores, transeúntes que caminaban huidizos y anónimos, carteles prometiendo un futuro glorioso que nunca llegaba.

Cuando llegó, entró apresuradamente, embriagado de una agitación nueva. Se abalanzó a la habitación que utilizaba Rózsa como sala de estar. Allí le estaba esperando el viejo arcón de madera. Antes de abrirlo se detuvo ante él pues, aunque presumiblemente conocía lo que había en su interior, no sabía lo que encontraría. No era el contenido, en sí, lo que lo atemorizaba, sino lo que significaban. Levantar la tapa le obligaría a verse, a descubrirse, sostenerse su propia mirada. Respirando hondo, alzó la cubierta y una nube de polvo se elevó nublando sus ojos. Entre ropas, cartas, la caja de hilar y otros recuerdos, habían almacenado algunos objetos requisados que conservaban como fetiches: algunos iconos de un viejo monasterio greco-latino, varias biblias antiguas de bella factura, y una variada multiplicidad de artículos religiosos.

Sostuvo una de las Biblias, con tapas duras de cuero oscurecido por el tiempo y un broche metálico que aún cerraba de forma satisfactoria, resguardaba los secretos de la Palabra. Era un curioso ejemplar, escrito en latín en una columna y en cirílico en la otra, como un diálogo entre Oriente y Occidente, como un eco de un mundo olvidado. Abrió una página al azar: “In principio erat Verbum”. Al principio era el Verbo. No conocía latín, pero esas palabras le resultaban vagamente familiares, como si las hubiera escuchado en algún lugar remoto de su infancia, antes de que lo hubiesen educado para su ignorancia.

Luego, asió un rosario de madera de olivo, con cuentas desiguales unidas por bastas cuerdas desgastadas. La cruz pequeña en el extremo estaba lisa, pulida por el roce incesante de dedos que ya no existían. ¿Cuántas veces habría sido sostenida? ¿A cuántas oraciones había asistido? Mihai la sostuvo entre sus propios dedos y sintió una calidez inexplicable, como si la madera conservara todavía el calor de las manos que la habían amado.  

Y, tras ellos, apareció una primorosa steaua hecha de cartón brillante junto con las velas, todas ellas pertenecientes a alguna iglesia, probablemente confiscadas tras el decreto de 1948.

No sabría responder por qué los habían acumulado y custodiado. Se suponía que no debía creer en las viejas supersticiones o, por lo menos, sus creencias no deberían cuestionar la fe en el Estado y en el Partido. Sin embargo, ahora comenzaba a percibir que habían ido acumulando aquel pequeño tesoro con la esperanza de que, algún día, le diesen un sentido a su existencia. Rózsa sabía bien lo que hacía.

Posteriormente, con asombro, tomó un viejo icono de la Sagrada Familia: José, María y el Niño. Con los bordes desgastados y el dorado ya algo devastado. Lo miró con la extrañeza de quien posee algo que no le pertenece, de haber perturbado la intimidad de alguien que amaba. En primer lugar, se fijó en la figura del padre, sereno y orgulloso, un hombre de carne y hueso como él, que se sentía dichoso de saber cuál era su papel en la Historia, de tener un maravilloso propósito al que entregar su vida. A su vez, sobre sus hombros reposaba la madre, María. Ésta le recordaba la ternura y sencillez de su Rózsa, de una mujer con la que compartía vivencia, pero estaba llamada a un misterio que ella desconocía. Pero su rostro irradiaba paz y sus ojos reflejaban confianza. Y, por último, el Niño. Representaba algo que Mihai apenas podía formular. Si Dios existía —y cada vez le resultaba más difícil negarlo— no había llegado como un emperador o un Conducător, sino como un niño vulnerable, incapaz de defenderse, necesitado de protección. Ahí precisamente, en esa incomprensible debilidad residía una fuerza irresistible que ningún régimen, por brutal que fuera, podría vencer jamás. La ternura, el amor, el cariño.

Contemplando el Niño, se hizo presente el niño que no habían tenido. El no nacido. Sintió un profundo vacío en el pecho.

Un vacío antiguo.

Sin pensarlo demasiado, tomó la estrella, las velas y el icono. Los envolvió con delicadeza. Se revistió, de nuevo, con su viejo abrigo de lana y partió.  

Anochecía cuando regresó a la casa de la familia de János. En el edificio de enfrente, sentado en la escalera, sin disimulo, había un joven agente que, para sobrellevar el frío, fumaba ansiosamente. Mihai expresamente lo miró, para asegurarse que ambos sabían que se habían visto. Se reconocieron mutuamente. Con eso bastaba.

Pulsó el timbre de la puerta de János. Cuando la madre entrevió con cautela, con un profundo terror se reflejó en su mirada.

—Vengo… por János. — Y señaló al envoltorio que llevaba en su regazo.

Cediendo el paso, Mihai entró en el apartamento. Gélido y sencillo. En lo que parecía el salón, en el suelo y entre mantas, el niño movía las manos con un ritmo repetitivo y ajeno al mundo. Cuando vio la estrella, soltó un grito jubiloso y breve, aplaudió compulsivamente y corrió hacia Mihai. Al acercarse, extendió su mano hacia la estrella con una lentitud que parecía ceremonial, como si fuera un acto de adoración.

Con la otra mano, János le agarró la solapa del abrigo. Estirando con fuerza, János consiguió que Mihai acercase su cara a la suya. Sus ojos refulgían, sus mofletes estaban enrojecidos y, como quien hace un esfuerzo desde el estómago, imploró: Fény! En los ojos de János, Mihai vio y comprendió.

La luz penetró en su interior. Mihai sintió primero la humedad, antes de comprender que lloraba. ¿Cuánto hacía que no lloraba? No desde la muerte de Rózsa, ciertamente. Quizá no desde la infancia, antes de que lo aleccionaran en no mostrar nunca debilidad. Notó cómo la gota descendía lentamente por su mejilla siguiendo un surco inédito. Cuando la gota saltó de su mentón y se convirtió en llovizna, Mihai vislumbró que algo en él también se había fragmentado. O quizá —y esto era lo más probable— algo que había estado roto durante sus cincuenta años acababa de recomponerse.

Se arrodilló ante János, sujetando el icono entre sus manos. Se aferraba a la imagen como quien es consciente de que sea la última oportunidad para vivir de verdad. Siempre mostrando control, dominio y una seguridad aparente, era un hombre poderoso, un privilegiado, sin embargo, ante aquel niño vulnerable y frágil, Mihai reconoció la inmensa grandeza y la fortaleza de aquella humilde familia, del tesoro de afectos y ternura que iluminaba aquel hogar.

Fény! — repitió János, con su frágil y aguda voz infantil, a la vez que posaba su pequeña y suave mano sobre el hombro.  

La madre y el padre quisieron intervenir. Sabían lo que significaba: volver a colocar esa estrella podía ser su fin, sobre todo para János.

Pero Mihai se levantó y caminó hasta la ventana rota, la abrió con cuidado y con cierto sigilo. Le hizo un gesto a János para que le entregase la Steaua. La tomó en sus manos y con mimo la situó en medio del alféizar, bien apoyada y sujeta, para evitar que el viento y el frío de la noche la hiciesen caer. Luego situó las dos candelas, una a cada lado. Mientras lo hacía, delante aparecía la llamarada de un mechero y las brasas de un cigarrillo. Le tocaba a él. Una fría brisa dificultaría el encendido, así que, con la palma cóncava, se aseguró que la mecha ardiese debidamente. Al principio, de forma tenue y dubitativa. Enseguida, al derretir las primeras ceras, prendió con vigor. Mihai contenía el aliento. Sabía que no era tanto por evitar que se apagasen las velas como por la incertidumbre. El alumbramiento que estaba experimentando le consumía el oxígeno.

Durante un momento que pareció suspendido fuera del tiempo, no sucedió nada. Solo el silbido del viento, solo el frío de diciembre, solo las dos velas ardiendo en la ventana de János en la timorata oscuridad de Oradea.

Luego, a media altura del edificio de enfrente, apareció una luz. Pequeña, titubeante, pero perfectamente reconocible. Una vela.

Mihai se sobresaltó. Otro insensato. Pero allí estaba: una llama parpadeando en la negrura.

János aplaudió a sus espaldas, de forma compulsiva y desacompasada, con un alborozo ingenuo y puro.

Mihai no esperaba que volviese a repetirse aquel error o casualidad. Pero entonces, en el primer piso del edificio, otro destello seguido de la vivaz flama. Mihai pudo distinguir el semblante iluminado de quien había colocado la vela, mostrándose, saliendo de entre las sombras.

Y otra más en el edificio contiguo. Y otra más. Y más. Se sucedían. Las ventanas se iban poblando, brotando en el silencio. Nadie decía nada, ni aplaudía, sólo se escuchaba el silbo del viento y, puntualmente, algún que otro gozne oxidado al abrirse o el raspado de alguna cerilla. El padre de János se acercó a la ventana junto a Mihai y permanecieron juntos durante el tiempo suficiente para saborear aquel momento estelar.

Mihai se tornó y ajustó la ventana. La madre le besó en la mejilla salina y mojada.

Mihai cogió su viejo abrigo de lana y salió sin despedirse. Bajó las escaleras del edificio y se detuvo. De nuevo, miró a la escalera de enfrente. Saludó al agente desde la distancia y caminó despacio, mientras las luces se iban multiplicando por las ventanas de Oradea, luciérnagas palpitantes. No sabía lo que sucedería mañana, pero, por primera vez en sus cincuenta años, ya no le importaba. Había dejado una estrella en una ventana.

Había luz.

Y eso, por ahora, era suficiente.

* * * * *

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2 pensamientos en “La noche de las ventanas encendidas

  1. Laín García Guasch

    Muchísimas gracias por este hermoso cuento de Navidad. Me ha emocionado. Me ha recordado los cuentos de novela rusa que tanto le gustan a mi padre.

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