Hoy quiero brindar por aquellos que creyeron estar arropados por un Estado de Derecho y un buen día se despertaron del sueño. Por aquellos que, inocentes ellos, creyeron en la justicia y en la segregación de los tres poderes del Estado. Que se olvidaron del poder de la opinión pública. Que asumieron ingenuamente que existía algo que se llamaba presunción de inocencia.

Hoy quiero brindar por todos aquellos que pasaban un día por el sitio inadecuado en el momento más inoportuno. Por aquellos funcionarios públicos que se limitaron a cumplir con su deber con la mayor diligencia posible y con espíritu de servicio. Que creyeron estar haciendo lo correcto. Pero que un buen día se vieron inmersos en un escándalo mediático irracional e insoportable. Que fueron convocados por sus superiores para explicarles que eran relegados de sus funciones, pero que no se trataba de nada personal. Que era una decisión inevitable para preservar el buen nombre de la institución. Quiero también brindar por aquellos otros profesionales que, una buena mañana, y por similares motivos, fueron sorprendidos con una reunión inesperada en la que les explicaron que dejaban de contar con sus servicios. Tampoco era nada personal. Sólo business.
Hoy quiero brindar por todos aquellos que, al empezar la jornada, descubrieron que estaban siendo secretamente investigados por delitos variopintos durante más de siete años, a pesar de que la Ley de Enjuiciamiento Criminal contempla un plazo general de un mes para instruir actuaciones bajo secreto sumarial. Una práctica condenada por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de forma sistemática por vulneración del derecho a un juicio equitativo con igualdad de armas, como así ha sido reiterado desde el caso Lamy contra Bélgica, allá en el año 1989. Hoy quiero brindar por todos aquellos que, desde aquel día, no han dejado de asombrarse ante las irregularidades cometidas en su caso. Por todos aquellos que, desde entonces, han convertido su vida en una montaña rusa de emociones. Que han sufrido profundas decepciones de los que consideraban sus compañeros o amigos. Que han tomado conciencia en sus carnes de la España cainita. Que han descubierto que, cuando se instala un determinado relato en el mercado, asumido de forma acrítica y borreguil, no existen apenas puertas a las que acudir. Porque existen muchos abogados, muchos asesores, muchos consultores. Pero ninguno de ellos está especializado en desokupar del imaginario colectivo una verdad demasiado arraigada. Así que se sienten completamente indefensos. Cualquier cosa que digan para defenderse públicamente será puesta en entredicho. Al fin y al cabo ¿qué van a decir ellos? Así que alternan noches en vela. Dudando acerca de si, algún día, cuando los tribunales de justicia les rehabiliten, lo hará también la sociedad o será ya demasiado tarde. Dudando acerca de las miserias de la naturaleza humana.
Y hoy quiero mostrar mi comprensión y mi compasión hacia todos aquellos que fueron incapaces de resistir el envite. Que se consideran demócratas, que abrazan causas nobles, pero que conocen cuáles son los límites de su democracia. Que entienden que nuestro elevado nivel de autocensura no es casual. Que saben que, cuando un determinado relato lo ha invadido todo, la única solución posible es abrazarlo con entusiasmo, si no se quiere ser devorado. Que cuando un compañero o amigo pide árnica o ayuda, se la niegan indefectiblemente para no ser identificado como tripulante de su mismo barco. Que mañana tomarán de nuevo partido por él si las aguas vuelven a su cauce, pero hoy no. Que nunca arriesgarán su pequeña canonjía a cambio de apoyar a un posible apestado. Que rezan para que no les ocurra mañana a ellos lo mismo. Toda mi comprensión y compasión para todos ellos. Son humanos. Y también mi indiferencia. La misma que ellos mostraron a los que les pidieron ayuda o empatía, y decidieron mirar para otro lado. Porque el Derecho se convierte en mera retórica cuando no existen hombres y mujeres dispuestos a defenderlo cuando el viento sopla en contra.

Lamentablemente es un indeseable efecto colateral más de la polarización política. Los jueces de instrucción también son humanos, y difícilmente van a disociar su función con su íntimo convencimiento de qué es correcto y que no, por lo que, de acuerdo con su ideología, se convierten en héroes pretendiendo hacer todo lo posible para castigar los actos de quienes pertenecen a una ideología opuesta.
Cuando superponen a su verdadera función social, que es la de impartir justicia, una justicia casi anónima, neutra y anodina, la pretendida por ellos función social de conducir a la sociedad por su ideología personal, tenemos instrucciones asombrosas, que conculcan todas las normas de la instrucción judicial, ya que lo que se pretende es llevar al investigado a ser penalmente juzgado, de cualquier modo, por encima de sus derechos, garantías o presunciones de inocencia. Y aclaro que esto se da en todos los sentidos ideológicos.
Brindo porque en un futuro próximo se fomente en los jueces un espíritu de «alejamiento» ideológico personal, como uno de los primeros deberes para impartir justicia.
¡Va por todos ellos!🥂