Uno cree que paga impuestos (bueno, perdón, eso no se cree: es una constatable y cruda realidad) y cree -o, quizá, quiere/debe creer- que ese dinero -el propio y el de millones de compatriotas que, como él, con gran esfuerzo se rascan el bolsillo mes a mes, día a día, para pagar el IRPF, IVA, IIEE, IBI, tasa de basura, ITV, y demás fauna hacendística- se destina a engrasar -léase, please, en el buen sentido del término- la infraestructura pública para que ésta funcione: desde el alumbrado de los viales, al camión de la basura, pasando por los bomberos, ambulancias, policía, Tribunal de Cuentas, Consejo de Seguridad Nuclear, Confederación Hidrográfica del Duero, Seguridad Social, y -entre muchos otros- el Defensor del Pueblo.
El Defensor del Pueblo (copia celtibérica del escandinavo ombudsman) es una institución pública contemplada en la propia Constitución para la defensa de los derechos de los ciudadanos; de todos y cada uno de ellos y, por tanto, también, de la ciudadanía en su conjunto.
A su vez, todas y cada una de las Comunidades Autónomas han ido creando sus propios Defensores del Pueblo, a imagen y semejanza del estatal. Ya saben que Españistán es ese curioso país donde todo se replica sin fin, en un desaforado esfuerzo por dotar a cada kilómetro cuadrado del terruño patrio de cuantas instituciones haya a nivel nacional, no vaya a ser que unos se sientan inferiores a otros… O a la inversa, que de todo hay en la viña de Señor.
Y es así como en Galicia, por ejemplo, existe la figura del Valedor do Pobo que se autodefine en su propia web como “una de las instituciones básicas y más emblemáticas (¿¡emblemática!?; ya le ronca) de cuantas recoge y regula el Estatuto de Autonomía de Galicia. El legislador quiso crear un mecanismo de control (figura estatutariamente relevante) de los derechos de la ciudadanía gallega y de supervisión de los defectos más comunes de la administración autonómica”. ¡Caray! No parece poca cosa, ¿no?
El problema -como tantas veces- es cuando aterrizamos en la vida real y toca poner a prueba el interruptor para comprobar si la luz se enciende (o no). En mi caso particular, ese singular interruptor lo pulsé hace ya más de ocho meses, presentando una queja ante el tal Valedor do Pobo … ¿y saben qué? Que a día de hoy sigo aguardando a que se digne ya no a responder sobre mi inquietud si no, ya simple y llanamente, a acusar recibo…
Y es que aunque la paciencia del pagafantas tiende a ser infinita, por muy increíble que parezca, se agota; es finita.
Creo que somos víctimas -todos, en mayor o menor medida- de un inmenso montaje, un trampantojo gigantesco soportado por una descomunal tramoya en un decorado de cartón piedra; y es así -y sólo así- cuando nos han hecho creer que somos un país del primer mundo y, efectivamente, a primera vista, así pudiera parecer…
Hasta que uno se dispone a intentar poner en funcionamiento todos y cada uno de esos ingenios que se nos ofrecen lustrosos a nuestro alrededor. ¡Ay, ay, ay! Ahí es donde viene la sorpresa, la frustración, la contrariedad, el mosqueo, el cabreo, la indignación y, por fin, la desafección. Esto no funciona, esto no sirve, esto es una mera fachada, esto es un engañabobos.
En su día en un post titulado “Un país de cartón piedra” (24/1/2023), ya apunté que “ahí es donde quería llegar: tengo la firme convicción de que vivimos en un país trufado de instituciones y de organismos que, tras su pompa y boato, cuando se las pone a prueba, en el fondo, apenas dan la talla. Bajo su protocolaria apariencia sacerdotal parece habitar poco menos que la nada; en el específico caso de no pocos Colegios (me refiero, obviamente, a aquellos cuya pertenencia es requisito sine qua non para el ejercicio profesional) un mero remake de los medievales gremios, haciendo piña mirándose el ombligo: uno paga y paga coercitivamente durante años impuestos (o cuotas en Colegios de obligatoria adscripción; que me da igual, que me da lo mismo) y, cuando se le presenta la oportunidad de acudir a esa institución pública o pseudopública para que le preste un servicio -¡qué osadía! ¡habráse visto! ¡viene a pedir algo!-, resulta que tras esa fachada tan rimbombante plagada de luces de colores, en muchas ocasiones -no en todas, pues hay muy meritorias organizaciones- no hay nada, el vacío. Entendiéndose por nada que la petición se desatiende, no se responde, se dan largas, excusas de mal pagador…”.
Tras esa dilatada espera, presenté una nueva queja ante el Valedor do Pobo, ésta ya específica respecto a su propio y clamoroso silencio superior a un semestre… que, entre otros extremos, entiendo como una flagrante violación de su “Carta de servicios” (perdón por la “boutade”: es todo tan buenista, tan cansino, tan inútil, tan superficial, tan aparente, tan estéril, pero… ¡tan caro!).
Apenas unos días después, tal queja tuvo su respuesta (¡sorpreeeesa!: por correo ordinario) mediante la que esa tan “emblemática” (sic) institución me hace saber que a mi reclamación presentada en enero/2025 “se le dio respuesta el 27 de enero de 2025”. El problema, claro, es que yo no recibí esa “respuesta” que -asumo- también se me habría enviado por correo ordinario… Héteme aquí, pues, que el pasado mes de agosto hube de dirigirme -¡otra vez!- a esa institución “de control de los derechos de la ciudadanía y de supervisión de los defectos más comunes de la administración autonómica” (¿incluidos los propios, o sólo aprecia la “paja en el ojo ajeno”?) para pedirle que me remita (¿otra vez por correo ordinario?) una copia de esa respuesta que dice ya haberme enviado…
Y aquí estoy, pues: entretenido con estas cuitas; siempre gracias a la maravilla de Leviatán que nos hemos dado. ¡Qué guay!
Y ahí, precisamente ahí, surge la pregunta que preferimos no responder: ¿Usted prefiere vivir en un país que dice ser del primer mundo pero que no lo es; o en uno que no es del primer mundo y a cuya realidad toda su población se adapta pues a nadie se engaña?
Creo que es un tema de salud institucional, social y mental (sobre todo, mental).
Necesitaba desahogarme; perdón.
¡Gracias!!!
#ciudadaNOsúbdito


Lo de las instituciones de cartón piedra, decorado o inútiles, no es nuevo, aunque sí preocupante su expansión en la última década. Ahora bien, si los defensores del pueblo y análogos son instituciones de proximidad, en cuanto se supone que son «la mano amiga» frente a la Administración para «comentar, decir y sugerir», pero con nula capacidad real para cambiar resoluciones, reglamentos o leyes-aquí una excepcionalísima iniciativa legislativa-, se comprende que utilicen en su relación con los quejosos el correo postal sin acuse de recibo, pero lo que no se entiende es que no usen una simple llamada telefónica, sms o correo electrónico para decirle «Su queja ha sido resuelta, se la enviamos por correo, pero si necesita copia aquí nos tiene». Pero no, mejor el ruido que las nueces y olvidar que lo simple es mejor y mas reconfortante. Al menos dan razón al viejo dicho:»las buenas noticias llegan por teléfono, las malas por correo».
Siempre certero, Sevach: mejor el ruido que las nueces, parece ser el sino de Españistán. Mil gracias, siempre.
Cada vez que escucho que la solución a un problema será la creación de una Agencia me pregunto quiénes serán los agentes y qué experiencia tendrán. Y porqué los órganos administrativos que hasta la fecha se encargaban de dicho problema han fracasado.
No hacen falta 18 defensores del pueblo si hay uno que ya funciona
Muchas gracias, Santiagué. «Flui agri» (que diría mi bien querido Leo Gandarias).
D.Javier, me decía un cliente hace unos 25 años que si en España no perteneces a un lobby de poder, date por fastidiado (utilizaba otro adjetivo claro está). Este cliente psiquiatra de profesión y titular de una clínica de hipnosis, tuvo que abandonar su clínica por falta de apoyo institucional y falta de rentabilidad claro está….pero me acuerdo mucho de él cuando leo artículos como el suyo donde un particular trata de obtener respuesta de un Defensor del Pueblo (sea gallego o nacional)…Si en vez de pedir auxilio un ciudadano particular, fuese un lobby de poder de esos creados como oficinas de apoyo de los Ministerios de Igualdad, Derechos Sociales, Agenda 2030, etc..? ¿Qué respuesta tendría? Pues eso…lobbies de poder.
Muchas gracias, Carlos, por su aportación.