En las siguientes líneas, en un tono jocoserio y adaptando su contenido a un formato de lectura más generalista, se incluye un texto que sirvió de guion para una actuación teatral navideña de improvisación, que narraba las peculiaridades que acontecen en el sector profesional de la asesoría fiscal (s.e.u.o.).
Jácara I: ¿A qué nos dedicamos?
No es por todos conocido que, en las pelis americanas, a los asesores fiscales nos llaman “contables”. Si uno la ve en versión española puede que no sea consciente pero, si las ve en VO, te das cuenta de que para los yankis los asesores fiscales (es decir, los accountants) son (i) tipos aburridos hasta decir basta, (ii) gafotas y calvos, y (iii) cenizos por naturaleza. De hecho, hay una conocida cinta protagonizada por Ben Affleck que se llama “El contable” que, en realidad, trata de la vida de un guapo -algo es algo- asesor fiscal que, como no podía ser de otra manera, es autista, aunque mete unos mandobles que ya me gustaría yo practicarlos en alguna delegación de Hacienda.
Obviamente, los asesores fiscales no opinamos de nosotros mismos que seamos así y atribuimos esas “dotes” de molicie y tedio a los contables y a los auditores, es decir, otros profesionales cercanos que destinan su tiempo a cuestiones que nosotros consideramos menos relevantes (que no me oigan, por favor).
Jácara II: Jerga tributaria. Las rentas, los clientes, y otras hierbas venenosas
Entramos en terreno pantanoso: el soporífero metalenguaje o jerga profesional del ámbito tributario. Precisamente el que escribe esto forma parte de un proyecto de investigación universitario sobre comunicación tributaria clara que pretende clarificar el contenido del lenguaje tributario. Así pues, soy consciente de su dificultad.
Bien, en el mundo tributario el término más conocido es la declaración de renta. Los asesores fiscales HUIMOS de las rentas. Son una facturación que siempre va bien, pero nos obliga a tratar con nuestro peor enemigo: EL CLIENTE. Además, cuando el cliente es un particular -como las abuelitas de Nacho- la cosa se convierte en súper desagradable. Aunque hay clientes peores: LA FAMILIA y LOS AMIGOS. Esos son los peores.
Por eso los asesores fiscales soñamos con un imposible: las VACACIONES EN JUNIO o escapar de familia y de esos amigos de los que no sabes nada en todo el año hasta que, ¡curioso!, justo te envían un guasap con una “dudilla” fiscal (¡ay, el diminutivo!) en el período de renta. Además, se da una circunstancia muy peculiar y es que, esa familia y amigos, piensan que pueden retribuir esas consultas “de-cinco-minutos” con una comida (que te apetece una mierda) o con una botella de vino (que desprecias). Hay quien pretende pagártelo, incluso, tomando unas miserables cervezas.
Jácara III: Jerga tributaria. Planificación fiscal y muerte
Dejando la Renta a un lado, en nuestro despacho los asesores fiscales nos dedicamos a cosas difíciles de catalogar. No tenemos clientes que sean chorizos, es decir, no llevamos derecho penal, más allá de alguna inspección de Hacienda que pueda acabar yéndose a la vía penal por delito contra la hacienda pública. Nosotros nos dedicamos más bien a que los clientes paguen aplicando la alternativa menos gravosa para ellos. En nuestra jerga eso se conoce como “economía de opción” o “planificación fiscal”, dos palabras que son tabús para los inspectores de Hacienda que pretenden que, ante dos opciones, el contribuyente pague la que suponga mayor recaudación en las arcas públicas.
A eso, y a contestar los miles de requerimientos y obligaciones formales que nos impone la Agencia Tributaria, es a lo que nos dedicamos. Somos un parásito del sistema, es decir, un sector profesional que se aprovecha de las ineficiencias del sistema tributario, si es que esa entelequia existe. Como ocurre desde hace siglos con los abogados. Es lugar común utilizar una frase que se atribuye a Benjamin Franklin: “no hay nada seguro…salvo la muerte y los impuestos”. Pues eso, ahí estamos nosotros junto a los enterradores, en un negocio perpetuo.
Jácara IV: Jerga tributaria. El lado oscuro
Otra frase típica de la profesión es que “los impuestos son el precio de la civilización, sin ellos estaríamos en la jungla”. No obstante, esta última frase la suele adoptar en su vocabulario otro ser de este mundillo tributario, nuestra verdadera némesis: LOS INSPECTORES DE HACIENDA. Ya he dicho antes que nuestro peor enemigo es el cliente. En verdad, nosotros estamos en medio de dos elementos opuestos: el cliente (contribuyente o sujeto pasivo, en el argot) y el inspector de hacienda. Los inspectores de hacienda son funcionarios de alto nivel, con una preparación elevada, retribuciones también altísimas y que salen de la escuela de Hacienda Pública con un lema tatuado en la crisma: el contribuyente es, por naturaleza, un defraudador (cuando menos, en potencia). Partiendo de esa premisa, nosotros tenemos que negociar con ellos para conseguir el mejor acuerdo para el cliente que, por supuesto, nunca estará contento con lo que le propongamos y nunca entenderá nada de lo que le decimos. Entre los inspectores y nosotros hablamos el mismo idioma, aunque discrepamos abiertamente en cuestiones técnicas. Ellos dicen que nosotros somos “el lado oscuro de la fuerza” -lo oí decir en una reunión multitudinaria de su asociación, a la que tuve el placer de acudir invitado- y nosotros, asimismo, también utilizamos el latiguillo starwarsero cuando hablamos de ellos. Somos el haz y el envés de la misma espada (a veces, oxidada).
Jácara V: Liberación fiscal
Es fácil pensar que la mayor preocupación de nuestros clientes es una cosa muy concreta: el BOLSILLO. Cuando un cliente viene al despacho es para que le ahorremos dinero (a bajo coste), que le salvemos de una deuda (a bajo coste) o que le representemos en una inspección o en un recurso por una deuda de hacienda (a bajo coste). Todo se basa en el dinero. Y, como para muchas personas el dinero es más importante que su mujer (no digamos que su suegra), apechugamos con un trabajo que tiene un componente psicológico elevado. Además, antes podías darle una alegría a un cliente anunciándole un ahorro de dinero pero, en la actualidad, eso resulta IMPOSIBLE. Todo son problemas, deudas, aumentos de presión fiscal, pagos cada vez superiores…en fin. En EEUU existe una tradición que es la de marcar en el calendario el “día de la liberación fiscal”. Eso significa que el ciudadano dedica todo su esfuerzo, es decir, su trabajo, a pagar impuestos al fisco, hasta un día determinado en el calendario que es precisamente el citado día. A partir de entonces, el dinero que generas con tu trabajo es tuyo, para tu ahorro (que también pagará impuestos) o para que te lo gastes (pagando también impuestos, claro). La tradición americana se pasó a España y, desde un tiempo a esta parte, también se calcula cuál es el día de la liberación fiscal cada año. Si no recuerdo mal, últimamente cae a principios de julio. Es decir, nos pasamos más de medio año currando para el Estado y a partir de un día determinado ya podemos dedicar nuestro esfuerzo a nuestros vicios…No es magia, no.
Tómelo el lector con el animus iocandi y la libertad creativa que imperaban en nuestra cultura y, especialmente en nuestro país, desde tiempos ancestrales y hasta los inicios del presente siglo, en que nos vuelve a asolar la peste de la censura y, lo que es peor, la autocensura.
Publicado hoy en la revista jurídica Iuris & Lex -elEconomista-


Un artículo excelente, en el que por desgracia me veo totalmente identificada
Espero que como fiscalista, jajaja. Gracias por el comentario, Pilar