Este cuentecillo, que no sé si querré contar a mis nietecillos del futuro, lo escribí en noviembre de 2023. No me apeteció entonces publicarlo, porque pensé que me había quedado, quizá, algo cursi; que había en él, quizá, más moralina de la cuenta. Lo que hice entonces fue recoger su inicio y algunas de sus ideas en una entrada tributaria sobre la retroactividad y la seguridad jurídica. Reflexiones tributarias otoñales para cuando el hoy ya no es todavía, se llamaba.
Me he acordado de él ahora, cuando tengo más dudas que nunca de que el hoy siga siendo todavía. Cuando el hoy ya no es todavía para algunas personas que han visto sus vidas truncadas por la incompetencia y la falta de responsabilidad de quienes deben velar por una seguridad, la de todos, que ya no es solo jurídica…
Ahora sí me apetece compartirlo, a modo de llanto desesperanzado, más para terapia personal propia que otra cosa. Así que perdónenme la moralina, la cursilería y el abandono por una vez de lo tributario. Ya saben, en todo caso, que, como todo lo que escribo, no tienen Uds. por qué leerlo.
***
Es muy sano, me parece a mí, elevar a rituales purificadores algunas costumbres. Yo las tengo para todas las estaciones del año. Y la del otoño —el paseo otoñal de Rascafría al Puente del Perdón— es una de mis favoritas.
No es difícil. Con el camino sembrado de hojas doradas y los chopos también engalanados de amarillo para la ocasión, una echa de menos un par de zapatos rojos, las trenzas de la infancia, y el vestidito azul, para que hagan juego con los saltitos que, a modo de coreografía, surgen traviesos e inevitables para acompañar el canturreo de la consabida canción:
We’re off to see the wizard
the wonderful wizard of Oz.
Aunque hay ocasiones en que no hacen falta caminos amarillos para recordarle a uno que se siente perdido, que necesita a algún mago que le muestre el camino de vuelta al hogar…
—-
Dolores se sentía aún desubicada. Deben ser aún los efectos secundarios del tornado, pensó. Se llevó las manos a la cabeza para comprobar que todavía seguía llevando su sombrerito rojo. El vestido amarillo, del color de la flor de gualda, estaba tan impecable como siempre; apenas se le había arrugado con el zarandeo. Se miró otra vez los pies para comprobar, con mucho alivio, que seguía con esos zapatitos rojos a los que tanto cariño le había cogido y que tan bien le sentaban.
A ver, Dolores, céntrate, que tienes que causar buena impresión. A ver, si no, quién te muestra el camino de regreso al país perdido, se iba diciendo ensimismada mientras que se acercaba, tras una larga espera, al sabio y muy solicitado Mago de Oz.
—A ver, a ver, ¿qué trae a esta niña tan pizpireta a las tierras del Mago de Oz? ¾interrumpió los pensamientos de Dolores un señor con barba blanca muy larga, y mirada aguda y afectuosa.
—Muy buenos días tenga Ud., Sr. Mago. Me han dicho que solo Ud. puede ayudarme a encontrar el camino de regreso a mi país perdido.
—Ajá, por los colores que llevas entiendo que ese país es el del gran Rafael Nadal, y de la envidiable Roja, la masculina, y la femenina, ¿verdad que sí, querida?
—Sí, sí, ese es mi país. Cuna también de Séneca, y de Velázquez, de Picasso, y de Dalí, de Cervantes, y de Federico García Lorca, y de Gaudí, y de Ramón y Cajal, y de Severo Ochoa, y de…
—Ya, ya, chiquilla, ya sé que fueron muchos tus ilustres paisanos… y ya llegaron hasta aquí noticias del tornado que la recorrió. ¡Qué delicada situación, querida! ¿Pero qué quieres que haga yo?, ¿qué puedo hacer yo al respecto? Yo solo soy un viejo ilusionista, querida niña.
—¿No podéis entonces hacer magia para ayudarme?, Dolores sintió que el labio empezaba a temblarle al ver sus esperanzas desvanecidas.
—No, querida. Magia yo no hago. Ahora bien, tampoco creo que la necesitéis.
—¿Ah, no?
—No, querida. Lo único que necesitas es contar con tus conciudadanos que son, por cierto, una gente estupenda. Alegre, disfrutona. ¿Cómo no confiar en unos ciudadanos que saben bien que lo que más une a las personas es el tiempo que se dedican unos a otros?, ¿que comparten horas y horas con una copa de vino, unas cañas o —los más futur— un agua con gas, mientras arreglan el mundo? Confía en ellos y ellos te llevarán de vuelta a casa.
—Pero si yo confío, Sr. Mago, yo confío. Pero de un tiempo a esta parte parecería que mis ciudadanos identifican su propia dignidad personal con lo que piensan, de forma que la opinión discrepante del otro se recibe como una auténtica ofensa, que lleva al ofendido a criticar no la opinión en sí del otro, sino al opinante…
—¡Ay, querida niña! Quizá esos ciudadanos, que no critican la opinión, sino al opinante, hayan perdido su capacidad para pensar. Si es así, si se han convertido en hombres de paja sin cerebro propio, en espantapájaros que dejaron que su capacidad de crítica quedara abducida por la pertenencia a un grupo, entonces no podrán ayudarte a encontrar el camino.
—Vale, entonces, con los espantapájaros que perdieron la capacidad de juzgar lo que se hace por el valor intrínseco de lo que se ha hecho y no por la pertenencia al grupo de quien lo hizo no puedo contar. Bueno. No sé cuántos ciudadanos para ayudarme me quedarán pues a veces tengo la sensación, Sr. Mago, de que para algunos el bien es patrimonio tan propio como ajeno lo es el mal, de forma que la mejor obra de todas es garantizar que solo los propios, que supuestamente tienen esa patente del bien, puedan llegar a actuar…
—¡Uy!, con esos ciudadanos debes tener mucho cuidado. Nada más peligroso que un ciudadano que se identifica con el bien absoluto y relega al otro como fuente de todo mal. Para ellos, todo límite en el acceso, ejercicio y conservación del poder es rechazable… y, bueno, querida niña, muchas tiranías que en el mundo han sido empezaron por ahí. Cuidado porque lo que hacen con los discrepantes esos hombres de hojalata sin corazón no se limita —como los espantapájaros descerebrados— a una crítica ad hominem de quien piensa diferente, sino que etiquetan al diferente, señalando su otredad, para excluirlos del grupo. Sin perjuicio de que no es forma esa de promover la convivencia cívica entre los ciudadanos, el peligro de la despersonalización del otro es que con los extraños que no forman parte del grupo los seres humanos somos capaces de las conductas más atroces, como muestran también todas las tiranías que en el mundo han sido. Así que, querida niña, esos ciudadanos que se han convertido en hombres de hojalata sin corazón, sin principios ni valores, tampoco te serán de ayuda en la búsqueda del camino de vuelta a casa.
—Bueno. ¡Pues sí que me lo está Ud. poniendo fácil, Sr. Mago! No puedo contar con los espantapájaros que perdieron el cerebro, no puedo contar con los hombres de hojalata que perdieron el corazón. A ver, ¿alguien más por ahí con quien no pueda contar?
—Mmm. No te me vayas a disgustar, pequeña, pero me temo que tampoco podrás contar con los leones temerosos, que perdieron el valor; con esos ciudadanos inteligentes, que identifican en seguida las falacias que llevaron al tornado, y que no comparten eso de traspasar límites éticos, pero que —quizá ya contagiados con ese maniqueísmo de buenos y malos— tienen miedo de dar su confianza al otro, al desconocido; prefieren quedarse con lo malo conocido, aun sabiendo lo malo que es, que afrontar el temor de lo que suponen sin verdaderamente saber.
—Pues vaya. De esos también hay muchos. Ciudadanos que, imbuidos del miedo al cambio, aceptan una situación que saben mala, que difícilmente puede ser peor. Ya nos pasa en la esfera individual, no digo nada en la colectiva.
—Ya. Un tal Étienne de La Boétie ya explicó hace años que toda servidumbre es voluntaria; que toda servidumbre procede exclusivamente del consentimiento de aquellos sobre quienes se ejerce el poder. Una democracia se desliza por la pendiente de la servidumbre voluntaria hacia la tiranía cuando los ciudadanos, cual leones temerosos del cambio, olvidan que el voto no sirve tanto para elegir a los mejores gobernantes como para relegar del poder a los que, por incompetencia o inmoralidad, no están a la altura de sus responsabilidades.
—Pero ¿y si quitados los espantapájaros, los hombres de hojalata y los leones cobardes no quedan ciudadanos suficientes? ¿Qué podemos hacer si este tornado es solo el primer signo de un cambio climático también en lo político que termine de perder para siempre mi país querido?
—Poca fe tienes tú, pequeña, en tus conciudadanos. Numerosas y grandes han sido las lecciones de valor que dieron a lo largo del tiempo. Las hubo épicas, como la de Guzmán el Bueno; las hubo heroicas, como la de tantos y tantos que dieron su vida por que no se cediera al chantaje de esa lacra terrorista que durante tanto tiempo os asoló; las hubo llenas de dignidad, como la de Suárez, Gutiérrez-Mellado y Carrillo, sentados impertérritos en su asiento del Congreso de los Diputados mientras las ráfagas de metralleta restrellaban en el techo. No han perdido la valentía la mayoría de tus ciudadanos; no son leones temerosos, no lo son. Tampoco, por más pasión que le pongan a todo, son espantapájaros descerebrados, incapaces de razonar…, que no, que no me subas las cejas ni me mires así, que no lo son. Y la inmensa mayoría tiene un enorme corazón, así que tampoco son hombres de hojalata que perdieron por el camino su capacidad de ponerse en el lugar del otro, no lo son.
Ten confianza y recuerda que, después del tornado, después de todo, aún podrán surgir mañanas luminosas, como sugerían esos bonitos versos de Agustín de Foxá que leíste alguna vez. Aun la primavera se encarnará en la seda de las rosas y aun azul, desnuda, lasciva seguirá danzando la vida. Vívela como el breve regalo que es con la esperanza de que tus conciudadanos sabrán elegir entre una servidumbre voluntaria y una verdadera libertad… Y si no, siempre te quedará el consuelo, muy pequeño quizá, pero no menor, de intentar que las páginas por escribir de tu propia historia te tengan, siempre, por protagonista de una vida plena y digna que no renuncie a esa libertad.
***


